Crítico
Goethe señaló en alusión sobre el Cuarteto Clásico de Cuerdas que cuando se juntan “se oye hablar entre sí a cuatro hombres razonables”. Esa es la sensación emitida cada vez que ese estilo se presenta en las salas teatrales.
Este 15 de marzo, eso sentimos al presenciar en el Salón de los Cristales del Teatro Nacional Rubén Darío al Riva Quartett (Susanne Alberts, viola y teclado; Andrés Winnen, violín; Emi Takahashi, violín, y Marcis Kuplais, violoncelo), quienes muestran el entendimiento, el acto de ponerse de acuerdo para seguir con ese ritmo en el camino, y más cuando a ellos los une la pasión por la música clásica, ternura no obstaculizada por la diferencia de origen.
Cuando la nata del clasicismo tuvo su más alta pompa, a partir de la fundación del cuarteto de cuerda atribuida a Joseph Haydn a quien expusieron, el primer violín impulsa la melodía ciñéndose los tres restantes a un nuevo acompañamiento pero con acoplamiento nivelado de derechos, aunque el primer violín lleve el privilegio de la dirección.
Vimos y oímos. Vimos porque era inevitable no escudriñar con la mirada las insinuaciones manuales con el recurso de los arcos, el movimiento sutil, ubicado cada uno en su tabla.
Oímos porque esa era la aspiración de la noche. Sonido lleno tan a plenitud que cerrados los ojos y abiertas las orejas, se erguía la sensación de estar ante una orquesta de cámara.
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