Mañana se cumple un año del terrible terremoto ocurrido el 11 de marzo de 2011 en Japón, el cual ha sido calificado como uno de los sismos más poderosos acaecidos en ese país desde que se lleva el registro de la magnitud de los fenómenos telúricos, y el más potente en los últimos 140 años.
Pero fue el tsusami que siguió al terremoto, el que causó la muerte de una gran cantidad de personas, la enorme destrucción material y los graves daños en la central atómica de Fukushima, pues la excelente construcción asísmica de los edificios impidió que el terremoto fuera tan destructivo como en Managua o en Haití, por ejemplo.
Un año después de que ocurriera aquella gran tragedia que conmovió al mundo entero, la contabilidad de sus consecuencias arroja el saldo funesto de 15,854 muertos, 3,380 desaparecidos y 5,893 lesionados. Hubo severos daños en 18 prefecturas (como se llaman las jurisdicciones territoriales en las que está dividido Japón), y las pérdidas globales fueron de 10 billones de dólares.
Doce meses es muy poco tiempo para recuperarse de una catástrofe tan grande como la sufrida por Japón el año pasado, inclusive para los japoneses que se distinguen por el ánimo de lucha, gran capacidad de trabajo y una admirable entereza para sobreponerse a las desgracias de cualquier origen y consecuencias. Sin embargo, es mucho lo que ha logrado superar Japón en estos 12 meses, gracias precisamente al indomable espíritu de su gente.
Al conmemorarse el primer aniversario del terremoto y tsunami, el embajador de Japón en Nicaragua, señor Jiro Shibasaki, ofreció una recepción en su residencia en la cual agradeció la solidaridad del pueblo y las autoridades nicaragüenses. Agradecimiento que debería ser a la inversa, pues a pesar de la gran tragedia sufrida y las enormes pérdidas materiales causadas por el terremoto y el tsunami, Japón no ha dejado de cooperar de manera intensa y provechosa para el pueblo nicaragüense.
En la mencionada recepción conmemorativa del aniversario del terremoto y tsunami en Japón, se obsequió a los asistentes artesanías elaboradas por habitantes de las zonas afectadas por el desastre, que representan el espíritu indomable de los japoneses y su voluntad para sobreponerse a cualquier tragedia. Uno de esos obsequios fue una pequeña muñeca de rostro sonriente llamada Okiagari-koboshi, elaborada con papel maché. Esa muñequita simboliza la buena suerte para los habitantes de Aizu, prefectura de Fukushima. La gente de esa zona adquiere una muñeca para cada miembro de la familia, y otra adicional con el deseo de que se incremente el grupo familiar. Pero Okiagari-koboshi representa también el espíritu del pueblo de toda la región de Tohoku, a la que pertenece Fukushima, y de todos los japoneses que trabajan en la reconstrucción de su país con su proverbial espíritu de nunca darse por vencidos, con la decisión de levantarse y mantenerse en pie con una sonrisa en el rostro después del golpe recibido, por muy demoledor que haya sido. Ese es el admirable espíritu del pueblo de Japón al que reiteramos nuestra simpatía y solidaridad.
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