Joaquín Absalón Pastora
Hace cien años dejaron de vibrar las canciones y las sinfonías de Gustav Mahler (1860-1911). Todavía se siente en el mundo de los festivales de recordación póstuma, la gentileza grandilocuente de su imagen, su temperamento expansivo y original en la orquestación como ningún otro antecesor lo logró.
Perdura su excentricidad en la formación y la angustiosa serenidad de sus adagios, uno de los cuales, el puesto en la Quinta Sinfonía, es un modelo en el lenguaje del amor, paradigma en la paciencia melódica, inspiración para la tranquilidad y la reflexión, tantas veces requeridas en la agitación del orbe moderno, presionado por el movimiento y la puesta en escena de la insidia material.
Contemplativo con el órgano, celestial con el arpa, romántico con el piano. Estilista único en la exposición de los extremos, fácil viajero del lento al vivacísimo en una sola obra.
Uno de los directores que más ha contribuido a su difusión, a la permanencia de su memoria después de Bruno Walter es Lorin Maazel, quien conduciendo a la Filarmónica de Viena —de gala en esta primavera— se ha propuesto a ponerlo con reiteración y signos de especialidad. Solo mencionar este nombre sobrecoge la sensibilidad y capacidad memorística de los nicaragüenses, cuando lo vimos aquí batuta en mano frente al estremecido atril con la Sinfónica de Cleveland.
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