Carlos Vílchez Navamuel

Cuando un país se vuelve eficiente

Un artículo escrito por Jaime Gutiérrez Góngora publicado en el periódico costarricense La Nación, titulado “La ruta de Grecia” nos explica de forma convincente lo que no hay que hacer para tener un Estado eficiente, entre las cosas que allí se afirman llama la atención el siguiente párrafo: “La clase dominante que surgió en Grecia después de la independencia veía al Estado como su principal fuente de ingresos.

El control del Estado, por lo tanto, fue el principal mecanismo para la distribución de recompensas materiales y rentas. El más importante fue la provisión de puestos de trabajo en la administración pública. Desde fines de 1880, Grecia ya tenía una de las burocracias estatales más grandes de Europa. Por cada 10,000 habitantes había 176 funcionarios en Francia, 126 en Alemania, 73 en Gran Bretaña y 214 en Grecia”.

Algo parecido le sucedió a Suecia hace ya muchos años. En un artículo anterior titulado “Del Estado benefactor al Estado posibilitador” comenté “Suecia, un país que en los años setenta era el cuarto más rico del mundo en términos del ingreso real per cápita, empezó a experimentar en esa misma época una crisis que se hizo evidente pues su sistema empezaba a crecer de forma lenta y perdía terreno frente a otros países con economías industrializadas.

Entre los años 1990-1994 la crisis se acrecentó y se perdieron más del 10 por ciento del empleo total, los programas y conceptos del Estado Benefactor no resultaron como lo esperaban y su economía casi colapsa. Así las cosas, los suecos se vieron obligados a hacer los cambios pertinentes para darle espacio a la empresa privada y a ideas más modernas.

Mauricio Rojas, un chileno radicado en Suecia desde 1974 escribió un libro titulado S uecia después del modelo sueco del estado benefactor al estado posibilitador, (Fundación Cadal, Buenos Aires, Argentina 2005) en él nos comenta con lujo de detalles esta transición y nos dice que el Estado debe de pasar de ser un Estado benefactor a un Estado posibilitador donde los gobiernos deben facilitar la productividad y trabajar conjuntamente con la empresa privada en toda su dimensión.

Un país se vuelve eficiente cuando el Estado y la empresa privada trabajan parejo pensando en el bienestar de todos los ciudadanos, se vuelve eficiente cuando todas las libertades y los derechos se respetan, cuando los impuestos se pagan y son bien administrados, cuando las instituciones públicas funcionan sin que el Gobierno central intervenga, cuando los ciudadanos pueden progresar, cuando la burocracia no representa al Estado grandes problemas financieros, cuando la mayoría de sus niños y jóvenes logran graduarse, cuando existe un proyecto país, y se vuelve eficiente cuando los que quieren servir a su nación se dedican a ello y no a satisfacer sus propios intereses.

Se equivocan los que creen todavía que el Estado es el que debe tener el control de lo que piensan y hacen las personas coartando las libertades individuales y económicas, se equivocan los que piensan todavía que el Estado debe controlar la prensa, las instituciones y los servicios en general como sucedió en la antigua Unión Soviética o en la Cuba actual, con sus fracasados gobiernos que han demostrado de manera categórica, que ningún gobierno de estos o similar ha sido capaz de ser tan próspero como, por ejemplo, lo son Australia, Alemania, Corea del Sur, Estados Unidos, Suecia o Israel.

El ejemplo de lo contrario a lo dicho en el párrafo anterior lo tenemos en Venezuela, un país sumamente rico, gobernado durante 13 años por el autoritario Hugo Chávez, que con su “revolución bonita” y socialismo del siglo XXI se ha convertido en una nación totalmente ineficiente, corrupta e incapaz —al menos por ahora— de reducir la pobreza y la inseguridad, aún con los 500,000 millones de dólares que le entraron al país en los últimos 12 años solo por renta petrolera. El autor es consultor

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