Joaquín Absalón Pastora
Después de escuchar al doctor Vicente Maltez, discernir con acuciosidad histórica y científica sobre “el día mundial del leproso” (último domingo de enero), me asaltó la congoja de evocar al “divino leproso”, José de la Cruz Mena.
Donde más repercute con elegancia sentimental es en sus valses, con los cuales hace una apología en versión criolla de las noches vienesas representadas estas bajo el espionaje iluminado de las arañas, razón por la cual los coterráneos le llamaban Nuestro Strauss. Tiempos en los cuales se hacía gala del privilegio en euforia vestida por el sonido y los atuendos de la época. Incluso el siempre polifacético Alejandro Serrano Caldera establece una analogía entre él y Grieg, en una convincente demostración.
El vals en Mena es triste, así lo siento. Tiene el mustio de la melancolía: Ruinas, Los amores de Abraham, Rosalía, Bella Margarita , que bien pueden alcanzar en los pulmones de la orquestación moderna en arreglos que recibirían la bendición de Dios.
José de la Cruz, cuando menos debió tomarla, cargó con el dolor que hace alusión evangélica con su nombre cuando apenas tenía 18 años. Ya su piel estaba perforada por la lepra, mas no su corazón que siguió palpitando notas hasta llegar a los 33 años, edad en la que murió. Generoso fue Zelaya cuando en vez de exiliarlo a lugares peores, lo mandó a refrescarse con las aguas del “Río Chiquito”.
Sus progenitores le pusieron José de la Cruz, sin pensar quizá que en la realidad cargaría con el madero.
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