El coronel Hugo Chávez celebró la semana pasada el 13 aniversario de la fecha cuando tomó posesión por primera vez de la presidencia de Venezuela. Esta conmemoración chavista ha tenido mucha repercusión mediática internacional y ha puesto de nuevo en la mesa del debate público, el problema de la reelección presidencial.
Chávez asumió la presidencia de Venezuela el 2 de febrero de 1999 después de derrotar en las elecciones de diciembre de 1998, con más del 50 por ciento de los votos a Henrique Salas Romer, quien fuera el candidato de los partidos Acción Democrática y Copei, los cuales habían advertido al pueblo venezolano que la victoria electoral del militar golpista “representaría el fin de la democracia y el principio de una dictadura de izquierda”. Y así fue.
Chávez se reeligió para ejercer un segundo mandato en el período de 2001 a 2007 y volvió a imponer su reelección para el tramo de 2007 a 2013. Ahora se encuentra en campaña para volver a reelegirse en las elecciones de octubre de este año y seguir gobernando en el período 2013-2019. Y además, ya anunció que se va a reelegir también para los períodos de 2019 a 2025 y de 2025 a 2031. O sea que se propone permanecer 32 años continuos en el poder, siempre y cuando su enfermedad o su salud se lo permitan, e iluminado como cree ser Chávez asegura que va a vivir hasta entonces.
En su discurso de celebración del 13 aniversario de su ascenso al poder, Chávez habló maravillas de sus tres períodos de gobierno, durante los cuales, aseguró, el Producto Interno Bruto del país creció de 90 mil millones de dólares en 1999 a más de 300 mil millones de dólares en 2011 y la pobreza extrema disminuyó en un 50 por ciento. Pura fantasía. La verdad es que el pueblo venezolano nunca había vivido tan mal como ahora y si Chávez sigue siendo muy popular, es por las dádivas populistas que reparte entre la gente más pobre de la sociedad venezolana y porque en ese país muchos cambiaron su amor a la libertad y su conciencia democrática, por la sumisión a un caudillo ordinario y mesiánico.
Pero en todo caso, no es solo por problemas económicos y sociales que la reelección y la permanencia del mismo individuo en el poder por tiempo ilimitado constituye una práctica política perversa y dañina. Es que como muy bien alertó el historiador británico del siglo XIX, lord John Edward Acton, en la célebre carta que le envió en 1877 al obispo católico Mandell Creighton, “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. De la veracidad de aquella sabia advertencia de lord Acton, Venezuela es hoy un claro ejemplo y la historia de la reelección presidencial en Nicaragua ofrece lecciones dolorosas y sangrientas.
A favor de la permanencia de la misma persona en el poder, se argumenta que en los países desarrollados de occidente la reelección es permitida y que nadie se queja, porque depende de la voluntad del pueblo expresada en las votaciones. Y es cierto. Pero esos países son auténticamente democráticos, en ellos el ejercicio del poder está sometido a estrictos controles, tanto institucionales como públicos y las elecciones son libres, justas y transparentes. O sea todo lo contrario de lo que ocurre en Venezuela, y ya no se diga en Nicaragua.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A
