¿Aló? SOS…

El mayor fastidio en ese momento no era tener todas las cosas empapadas, ni que el viento frío apuñalara nuestros cuerpos mojados, ni siquiera el dolor en los huesos después de seis horas de viaje en panga a mar abierto. Lo peor de ese momento eran los “sesudos” y desubicados comentarios de aquel periodista mexicano que nos acompañaba.

Por Moisés Martínez

El mayor fastidio en ese momento no era tener todas las cosas empapadas, ni que el viento frío apuñalara nuestros cuerpos mojados, ni siquiera el dolor en los huesos después de seis horas de viaje en panga a mar abierto. Lo peor de ese momento eran los “sesudos” y desubicados comentarios de aquel periodista mexicano que nos acompañaba.

Era octubre de 2006 y el flaco Esquivel, fotógrafo de LA PRENSA, y yo salíamos de Las Crucetas, una comunidad enterrada en el Caribe de la que solo se podía salir a pie o en bestia. Cinco kilómetros de lodo, barro y desechos de animales que podía llegar a la rodilla, nos separaban de las orillas del río Yulutingni, donde embarcaríamos.

Culminábamos una semana de expedición, entre periodistas y expertos forestales, para conocer cómo el aprovechamiento controlado de madera preciosa podía beneficiar a comunidades pobres, sin poner en riesgo al recurso natural.

Navegamos el Yulutingni hasta desembocar al caudaloso Prinzapolka. El plan de ruta era salir al Mar Caribe, y bordeando la costa, enfilar hasta Bilwi. Antes de adentrarse al mar, la correspondiente parada “técnica”. Galletas, chorizos de Viena, jugos y mucho combustible, o al menos eso pensamos.

Inicia la travesía. Un viaje tortuoso debido a los constantes golpes que daba la panga al romper las aguas. El mexicano no paraba de disertar sobre temas ambientales y el negocio de la madera, aprovechando la audiencia cautiva, pues cómo escapar de una lancha en mar abierto. Ya nos tenía a punto de echarlo por la borda.

Unas nubes negras presagiaban la lluvia inminente, pero nada de esto nos preocupó, hasta que de pronto, luego de unas seis horas de viaje, el motor de la panga se apagó.

Mi preocupación, creyendo que era un desperfecto mecánico, pasó a mucho enojo, cuando nos dimos cuenta que alguien por ahorrarse algún dinero no había echado suficiente gasolina. Mientras el coordinador del viaje discutía fuertemente con los pangueros miskitos, la lluvia finalmente nos alcanzó.

El estar mojados y muriéndonos de frío no nos asustaba tanto como la fuerza con que las olas golpeaban la panga. Esquivel, con una serenidad preocupada, al ver la situación, me dice sin aspavientos: “Hermanito, preparate a nadar, porque esta cosa se puede voltear”.
Pese a que andaba puesto un chaleco salvavidas, mis nulas habilidades para el nado me preocupaban en el sentido de que fácilmente podía ser arrastrado por las corrientes.

En medio de esa angustia, en que nadie sabía qué hacer, el periodista mexicano en un torpe intento de calmarnos nos suelta la frase que lo habría de condenar con todos nosotros: “Bueno, que les parece que mientras esperamos ver cómo salimos de esto, repasamos los conceptos que aprendimos durante este viaje y los compartimos con todos para que los discutamos… a ver, ¿quién quiere ser el primero?” Era el colmo.

Un colega se lo dejó bien claro: “Broder, a mí me vale verga lo que aprendimos, yo lo que quiero ver es cómo jodido no terminamos ahogados acá”. Esto fue suficiente para callar al periodista, y fue mejor porque fue en ese momento cuando algunos pensábamos tirarlo al agua. Lo siento, pero cuando uno está angustiado piensa muchas locuras, y pocas ideas.

Fue hasta que teníamos un poco más de una hora varados y con la costa cada vez más lejos, cuando le dije a Freddy, el jefe del grupo, que intentáramos hacer una llamada desde algún celular. El problema era, y nos dimos cuenta hasta que Freddy preguntó, es que nadie andaba teléfonos o los andaban descargados después de cinco días en el monte. Nadie, a excepción de mí.

En un rincón de mi mochila, andaba un celular que casi nunca usaba desde que en el trabajo me asignaron uno. Tenía meses de no usarlo, no sabía si todavía tenía saldo o si estaba con carga. Lo único que sabíamos es que en teoría la compañía tenía cobertura en Bilwi.
Es la llamada sobre la que más ojos he tenido encima. La batería solo tenía una barrita y no mostraba el símbolo de que hubiese señal. Después de cuatro intentos, como en 40 minutos, en los que todos remábamos para ver si nos acercábamos a la costa para tener señal, finalmente alguien me respondió en miskito. Le pasé el teléfono al panguero, quien dio nuestra ubicación y en un poco más de hora llegaron a rescatarnos.

Y fue así como por primera vez, el que yo consideraba hasta ese entonces el invento más insoportable de las telecomunicaciones, nos había salvado de convertirnos en náufragos. Y, de alguna manera, que echáramos a un mexicano a los tiburones.a salvado de convertirnos en n

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