El club Managua

Uno de los iconos sociales del Managua previo a los terremotos de 1931 y 1972 en el siglo XX fue sin duda el Club Managua, por actitudes provincianas de la Directiva del Club Internacional, integrada en su mayoría por alemanes, franceses, italianos y de otras nacionalidades.

Róger Fischer S.

Uno de los iconos sociales del Managua previo a los terremotos de 1931 y 1972 en el siglo XX fue sin duda el Club Managua, por actitudes provincianas de la Directiva del Club Internacional, integrada en su mayoría por alemanes, franceses, italianos y de otras nacionalidades. Tal vez por el temor de perder el poder en la Junta Directiva, decidieron rechazar a personajes como Ramón Bolaños, Fernando Sánchez, Julián Irías, el poeta Manuel Maldonado, Manuel Perezalonso, el general Nicasio Vásquez y otros apreciados caballeros de la época. El mismo presidente de la República rechazó una comida en el Internacional, debido a que habían ninguneado a un sobrino de él.

Los nicaragüenses residentes en Managua, decidieron fundar un Club Social a la altura de la época y en un terreno de don Vicente Rappaccioli, que lo ofreció rebajado, en la esquina que da al Parque Darío, la Plaza de la República, el Parque Central y la antigua Catedral de Managua , mediante un préstamo de cinco mil dólares otorgado por otro diriambino —el doctor José Ignacio González— se inició la construcción de un sobrio edificio de líneas clásicas y muy bien diseñado. Los iniciadores fueron José Supone, Vicente Rodríguez, Otto Muller, Mauricio Solórzano. El club inicialmente abrió sus puertas en la calle de Candelaria, bajo la presidencia de Francisco Solórzano, la cantina y el restaurante quedaron a cargo de famoso Chico Bustos, del que quedó un dicho: “No le hablés de hoteles a Chico Bustos”.

Al caer parte del edificio en el primer terremoto, José Ignacio González perdonó la deuda anterior y dio un préstamo de 18,500 dólares para terminar las obras, así pudieron construir de nuevo el edificio que fue por años el mejor Club en Centroamérica. Otros socios importantes fueron Marcial Solís, Adan Cárdenas, Carlos Báez, Eduardo Bernheim, Raúl Lacayo, Rodolfo Rosales, Alejandro Stadtaghen, Lisímaco Lacayo, Teódulo Murillo, Humberto Guevara y Leopoldo Pasos, sin olvidar a José B. Ramírez, Rafael Huezo, Isidro Barrios, Ernesto Guerrero Pineda, Carlos Molina, Juan Manuel Doña y Alfredo Guerrero Bone. El club, al oeste, tenía una imponente gradería que realzaba la belleza de conjunto con el Parque Darío, flanqueado por columnas era la entrada principal hacia el imponente Salón de las Arañas, adornado con bellas lámparas de vidrio cortado, más grandes aún que las que adornan el Teatro Nacional. Ahí debutaban las jóvenes más bellas de Managua para las Fiestas Patrias.

El club tenía biblioteca, que era sala de lectura de los principales diarios, entonces La Noticia, La Nueva Prensa, después La Prensa, Flecha, El Diario Nicaragüense. También había salas de billares, restaurante, cocina y una hermosísima terraza rodeada de jardines con rosales y bellas plantas tropicales. Recuerdo que chavalo de 16 años, recibí en paga de un conocido socio un pagaré por 500 córdobas, cuyo vencimiento a tres meses maduró, por tres meses más y así de sábado en sábado, el señorón me decía tal vez el sábado que viene. Yo sabía que mi deudor llegaba diario a la tertulia del Club Managua, que las hacían en mecedoras en la terraza hacia la Plaza de la República, ahí se sentaban Fernando Solórzano, Carlos Gabuardi, Pedro R. Corea, Marcial Solís, Victorino Argüello y por lo menos diez personas más, me armé de valor y le conté el cuento a Fernando Solórzano, quien con una sonrisa traviesa me dijo, quedate y cuando estemos todos reunidos le presentás el pagaré, dicho y hecho, me acerqué al personaje y me dijo: —Chavalo qué andas haciendo aquí. A lo que en coro todos como consigna le gritaron: —“Pagale, pagale, no seas viejo sinvergüenza”.

Todos muertos de risa, menos yo y el deudor, quien de manera inesperada sacó su cartera y me dijo: —Aquí están tus 500 córdobas y no te quiero volver a ver en mi vida. Yo feliz me retiré, no sin antes agradecer a Fernando y su coro, quienes muertos de la risa señalaban a mi azorado deudor. Una de las grandes ventajas del club era su canje con los demás clubes sociales de Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Panamá, había además una categoría juvenil que llegaba hasta la mayoría de edad, lo que por cinco córdobas al mes nos daba una amplia variedad de servicios tanto en el club, como en los demás centros sociales del país.

El Club ofrecía diferentes eventos y al mismo tiempo servía de sede para convenciones. En una ocasión, César Guerrero Lejarza, que tenía un tic nervioso moviendo la cabeza frecuentemente de izquierda a derecha, en una reunión de profesionales farmacéuticos, fue al mingitorio del club en compañía de Edgard Santos Fernández. Edgard, por su parte, empezó a mover la cabeza de derecha a izquierda, por lo que César le dijo: —Ideay Edgard, tenemos el mismo tic nervioso. A lo que Edgard Santos contestó: —No jodás es que me está pringando.

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