El peor mal del mundo no es el hambre, ni los terremotos, ni los reveses de fortuna, como tampoco lo es la enfermedad y ni siquiera lo representa la muerte; el peor mal del mundo es el pecado, o sea la transgresión voluntaria a la ley de Dios.
¿Qué sería de nosotros si hiciéramos caso omiso de las leyes humanas? Si, por ejemplo, no prestáramos atención a las señales de tránsito. Lógicamente habría mucho más accidentes que los actuales. ¿Y si todos nos negáramos a pagar los impuestos? Los gobiernos no podrían mantener las obras estatales. ¿Y si nadie quisiera estudiar ni trabajar, ni realizarse? Entonces viviríamos en un verdadero caos.
Pues de la misma manera que la sociedad ha impuesto sus leyes, igualmente Dios ha dictado normas que redundan siempre en nuestro beneficio y si no las seguimos cometemos lo que se llama pecado, que es como un tren descarrilado que además de arrancarnos la gracia de Dios de nuestra alma, a su paso lo arrasa y destruye todo. Tan maligno es que para perdonarlo, Dios mismo tuvo que venir al mundo hecho hombre y morir en la cruz.
Observamos las desgracias mundiales; casi todas tienen su origen en el pecado que cometemos, pues no hay efecto sin causa. Veamos los odios, torturas, crueldades, injusticias de toda índole y cómo perjudicamos a cuantas personas van dirigidas. ¿Por qué las venganzas? Simplemente porque no se quiere perdonar, lo cual manda el Señor.
¡Y cuánta calamidad trae consigo el odio!; ¡cuántos destrozos causa la envidia, el egoísmo, el robo, el adulterio y el desenfreno sexual! ¡Cuántos seres inocentes sufren por culpa del pecado quizá de un solo hombre! ¿Por qué abundan los niños sin padres? Sencillamente por el pecado de la irresponsabilidad de innumerables hombres que por un momento de placer ilícito abandonan después a la mujer, negándole el hijo por él engendrado, repitiendo este mal una y otra vez con varias mujeres más y al final ni él mismo sabe cuántos niños dejó regados.
¿Y qué diremos del hambre y la miseria en tantos hogares? Pues igualmente, por el abandono del hombre para irse con otra mujer. Y los hospitales, ¿Por qué están abarrotados? Innumerables enfermos se encuentran ahí por la maldad de los agresores que los balearon, acuchillaron, apuñalaron; mujeres heridas o golpeadas brutalmente por sus amantes o esposos; niños quemados por el descuido de sus padres; jovencitas embarazadas prematuramente por violaciones o por haberse ido con el primero que les endulzó el oído. ¿Y los que están en las cárceles? Seguramente no estén por una obra buena que hicieron, aunque podría haber algunos inocentes.
Muchas naciones en guerra a veces por un motivo baladí ¿Y de dónde proviene tanta miseria en los pueblos? De la avaricia de muchos gobernantes que se enriquecen abusivamente a la sombra del poder, sin pensar en la tremenda responsabilidad que contrajeron ante Dios y la cuenta que le rendirán por su mal gobierno.
Es urgente que despertemos conciencia y analicemos calmadamente y ante Dios si estamos sufriendo por causa nuestra para así prevenir más adelante muchos otros males similares, no podemos cambiar el mundo, pero sí nuestro mundito, como decía un predicador. Es necesario desarraigar el mal dentro de nosotros mismos y el de nuestro entorno.
Contrariamente a nuestros actos negativos pasados, de hoy en adelante fructifiquemos ahí donde Dios nos ha puesto, para que poquito a poco desterremos de nuestra sociedad todo lo malo y perverso.
Comencemos a poner nuestro granito de arena para construir un mundo mejor. La autora es Secretaria Ejecutiva
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A