Editorial: No se debe olvidar el 22 de enero
Ayer se conmemoró el 45 aniversario del 22 de enero de 1967, cuando el pueblo demandó masivamente en Managua elecciones libres y justas, pero la dictadura somocista reprimió sangrientamente aquella ansia de libertad y democracia.
Bajo el lema “A 45 años de aquel 22 de enero, democracia sí, dictadura no”, la Unión Ciudadana por la Democracia (UCD) conmemoró ayer el 22 de enero de 1967 “en el mismo lugar donde se produjeron los acontecimientos”, como se dijo en la convocatoria a la celebración, o sea en la calle peatonal que hay ahora donde entonces era la Avenida Roosevelt, rebautizada como Avenida Sandino por los opositores al somocismo.
Aquel domingo sangriento de Nicaragua, 22 de enero de 1967, en la Plaza de la República y a lo largo de toda la Avenida Sandino se realizaba la concentración de cierre de campaña electoral de la Unión Nacional Opositora (UNO), la cual presentaba como candidato presidencial al líder conservador Fernando Agüero Rocha en oposición a la candidatura oficialista del general Anastasio Somoza Debayle, el tercero de la dinastía somocista.
Pero aquellas elecciones no eran limpias ni justas. El ventajismo oficialista y el control de los Somoza sobre el Tribunal Supremo Electoral (TSE), como se llamaba entonces el Consejo Supremo Electoral (CSE) de ahora que tanto se le parece, hacían imposible que la oposición pudiera ganar las elecciones a pesar de la evidente mayoría popular que apoyaba al candidato de la UNO. Por eso la oposición decidió plantarse en la calle ese día, respaldada por algunos grupos de activistas malamente armados, a fin de exigir que se pospusieran las elecciones del domingo 5 de febrero de ese año, que se organizara un tribunal electoral independiente y se invitara a la OEA para que enviara observadores calificados a los comicios que debían ser convocados de común acuerdo por el Gobierno y la oposición.
Pero la dictadura somocista no quiso escuchar el clamor del pueblo y la demanda de la oposición. Prefirió reprimirla a balazos y de esa manera cerró la posibilidad de iniciar una transición democrática en Nicaragua por la vía cívica y pacífica de las elecciones limpias y justas.
Después, empeñado en permanecer en el poder para siempre y dispuesto para eso a pagar el precio que fuese —igual que lo está haciendo ahora el orteguismo—, el somocismo volvió a cerrar en 1974 y 1977-1978 el camino pacífico hacia la democracia, provocando su derrocamiento armado y siendo culpable también del establecimiento de una nueva dictadura en Nicaragua, que en diversos aspectos resultó peor que la anterior.
Esa fue la gran lección histórica del 22 de enero de 1967, de una tragedia política y humana que no se debe olvidar, pero la insensatez del nuevo somocismo que sin duda es el orteguismo está provocando que se vuelva a repetir.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A