Hay ciertos argumentos y acciones en el diálogo nacional y la realidad política de Nicaragua que todavía nos sorprenden, especialmente cuando provienen de personas que son consideradas respetables y gozan de cierta influencia. El rechazo a los valores morales a través de la justificación de que la decencia solo existe por razones prácticas, es una de esas reprobables aseveraciones. Y el hecho de aceptar la usurpación total del poder político por un tirano, solo porque este tuvo éxito en la ejecución de un golpe de Estado constituye, categóricamente, un rechazo a la moralidad.
Es cierto que la moralidad es falible, por su misma procedencia del accionar humano —sus conciencias y creencias— y por la medida en que esta se adapta a normas de conducta convencionales. Pero la moralidad no puede estribar sobre cimientos rotos, sobre la dignidad destrozada del ser humano.
No podemos imponernos premisas falsas para justificar el planteamiento insincero de que los que apoyan al dictador Daniel Ortega se encuentran ante un dilema entre exigencias morales y conveniencias prácticas, pues Ortega se ha posicionado en el centro de nuestro universo, transformando nuestra democracia en una tiranía, haciendo trascender su poder y dominio absoluto, adueñándose de su entorno con miras utilitarias egoístas y crueles, con intención de elevar su estatus socioeconómico y obtener beneficios ilícitos para sí, de manera exclusiva.
Ese partir del egoísmo y la crueldad es lo que define nuestra adversidad, es lo que detiene el progreso, promueve el estancamiento individual y social, es lo que produce nuestra destrucción cultural.
Y si hay quienes creen que también Ortega es “pragmático” y que ha manejado “responsablemente” la macroeconomía y las relaciones con el sector privado, es entendible puesto que aún los más prominentes economistas tienen problemas en ponerse de acuerdo en la interpretación de datos, formulación de teorías y prescripción de políticas económicas.
No podemos ignorar que los organismos internacionales que elogian los logros macroeconómicos del dictador Ortega, a pesar de que aseguran que conocen nuestros niveles de desempleo, Producto Interno Bruto, inflación, déficit presupuestario y de la balanza de pagos, no están necesariamente claros del grado de subjetividad en la definición o el grado de duplicidad y prejuicio en la acumulación y computación de estos datos en Nicaragua.
Si Ortega exhibe una total indiferencia por la supremacía constitucional, si este es totalmente indiferente e inescrupuloso ante las reglas electorales, si este dirige una maquinaria fraudulenta para escrutar los votos, es razonable inferir que toda “verdad” que proviene de él o de sus secuaces, es —para ser optimista— verdad a medias.
Pero no todo es negativo con respecto a Daniel Ortega. Él es un hombre muy hábil y astuto, conocedor del carácter y precio de cada uno de sus aliados y oponentes. De alguna mágica manera Daniel siempre se desliga de sus responsabilidades. Y sus vilezas siempre recaerán como culpa en los hombros de su oposición.
Daniel sabe lo que dicen en las calles de Milán, Nueva York o Nuevo León: “Si me engañas una vez, la culpa es tuya. Si me engañas dos, la culpa es mía”. Y los propósitos de Ortega se alimentan de este peligroso adagio: “Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie”.
El autor es economista y escritor.
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