Por Bayardo Quinto Núñez
Una dama de amplia sonrisa, caderas anchas, ojos color celeste aguardaba para abordar el autobús, Ramiro también, pero este se puso de mal humor porque no respondía a su saludo visual la notable dama. Ella bajó del autobús divorciada de la realidad que la acosaba. A los días se volvió a encontrar con Ramiro, en esta ocasión este le dijo: “Hola cómo ha estado, va para su trabajo”. Ella le contestó: “Sí”. “Usted me ha sorprendido con tan bellos ojos celestes, podría invitarle a que degustemos un día una taza de café o refresco”. Ella lo quedó mirando asombrada y le contestó: “En otra ocasión”. La ocasión volvió a llegar, y Ramiro se encontró con la dama en el autobús y le dijo: “Hola qué tal, ahora sí no me desprecia mi invitación”. “Claro que no”, le contestó la dama, “podemos bajarnos aquí y procedamos”. Ramiro se quedó estupefacto y le dijo: “Es que no traigo dinero”. “Entonces para qué andás invitando”, contestó furiosa la dama y le dio la espalda.
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