Lo más relevante del discurso de Ortega fue su vanidosa pretensión de proyectarse como líder mundial y especialista en temas nucleares, particularmente del conflicto en el explosivo Medio Oriente. Al insertar a Nicaragua en este magno escenario mundial, tomando partido con Mahmoud Ahmadineyad, presidente de un país y un gobierno sancionado por la ONU, nos pone en la ruta de una aplanadora muy grande, sobre todo si este conflicto, que Ortega ofrece evitar, llegase a estallar.
Nicaragua pasa a un segundo plano ante las ínfulas de “gran líder mundial y mediador de conflictos de alcance global” con que se autoinvistió Ortega en su discurso de toma de posesión. ¿Cómo será su próximo período? Si de la víspera se saca el día, a juzgar por su discurso, se dedicará a andar viajando alrededor del mundo, doquiera que se presente un conflicto en que se vean involucrados sus aliados estratégicos para ofrecer sus servicios de mediador, antes que alguno de ellos corra la suerte de Saddam Hussein o lo de Muamar Gadafi, a quienes dedicó buena parte de su discurso.
Debo reconocer con franqueza que el discurso que pronunció el presidente de la Asamblea Nacional (AN), René Núñez Téllez, fue mucho más coherente sobre los temas nacionales que son propios de una toma de posesión, particularmente, ofreciendo datos estadísticos concretos sobre los logros del gobierno de Ortega en el período 2006-2011.
Y como siempre, Ortega definió bien a los malos y a los buenos de la película, siendo los malos “el imperio o el capitalismo salvaje” con su aliado el pequeño estado de Israel, a quien instó a destruir —sin ninguna garantía— su arsenal nuclear como un medio para alcanzar la paz en la región y en el mundo. En su análisis simplista del panorama internacional, el equipo los buenos lo lidera Mahmoud Ahmadineyad, con su programa nuclear para fines pacíficos, es decir para generación de electricidad y el conflicto con los EE. UU. es porque Irán tiene petróleo, evitando aludir a que las sanciones contra Irán y su programa nuclear no vienen precisamente de los EE. UU. sino de las Naciones Unidas, entidad universal que representa a todas las naciones de la tierra y que fue la misma organización que sancionó a Irak y a Libia antes del derrocamiento de ambos regímenes.
Es un contrasentido que Ortega se haya vanagloriado de la participación de la mujer en la AN por parte del FSLN, con su admiración profesa por un régimen donde las mujeres no tienen ningún derecho y deben andar con el rostro cubierto, como la esposa de Ahmadineyad.
Por otro lado, impresionante la escenografía en la toma de posesión. Pero los ciudadanos, de “el pueblo presidente”, queremos saber cuánto costó semejante derroche de luces y flores, de lujos no propios de un país, a como bien dijo Ortega en su discurso, solo supera a Haití el puesto en la lista de los países más pobres de América. A los nicaragüenses ya no nos asusta la falta de formalidad, pero a los dignatarios y a los invitados especiales nacionales y extranjeros no les debe haber caído muy en gracia la muy larga espera antes de que comenzaran a salir las delegaciones internacionales y finalmente iniciara el acto a eso de las 6:30 p.m. que oficialmente estaba marcado para las 4:00 de la tarde.
Una característica fundamental de los países desarrollados es la formalidad, la puntualidad, particularmente en actos solemnes y protocolarios como este, que son transmitidos por los medios de comunicación nacionales y extranjeros, pero en Nicaragua nunca se sabe ni cuándo comienzan, ni cuándo terminan. Ahora se bajó el telón de un acto y comienza otro acto más largo, e inconstitucional, porque la Constitución prohíbe expresamente el segundo acto, aunque irónicamente en este acto, que ha concluido, se haya juramentado respetarla. El autor es diputado a la asamblea nacional
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