Internista
A nivel del cuello, por delante de la “manzana de Adán” se encuentra la glándula tiroides, encargada de la producción de hormonas tiroideas que constituyen “chispa” de la vida.
En condiciones normales el tiroides no es visible ni palpable, al detectarse masa o pelota en esta zona estamos frente a un bocio.
El crecimiento tiroideo puede asociarse con diversos trastornos, algunos de ellos peligrosos para la vida como el cáncer, por lo cual conviene ser precavido.
Estos padecimientos afectan más a mujeres en una relación tres a uno con respecto a varones.
Cuando el médico internista realiza el estudio de un bocio deberá definir cómo se encuentra la función glandular.
Cabe señalar que si está aumentada en el hipertiroidismo o reducida en el hipotiroidismo, puede tratarse de un bocio con tiroides normal o bocio eutiroideo.
El crecimiento de la glándula puede ser completo o ser localizado: tiene dos partes o lóbulos (derecho e izquierdo) unidos por una porción delgada que es el istmo.
Diversos tipos de enfermedades o procesos morbosos pueden afectar el tiroides: bocio o crecimiento difuso, nódulos o “pelotitas” localizadas o múltiples nodulaciones, quistes, inflamaciones y hasta una prolongación del crecimiento glandular a otras partes del cuerpo detrás del esternón o dentro del tórax.
Una de las principales causas de esta enfermedad está asociada a la falta de yodo. Este es problema común en países como el nuestro, que se encuentra en “área bociógena”, lo que da origen al bocio endémico.
La forma más sencilla de prevenir esta enfermedad es a través de la incorporación de yodo a la sal que consumimos cada día en nuestros alimentos.
Cabe señalar que en los casos de inflamación o tiroiditis, funcionamiento acelerado (hipertiroidismo) y mal funcionamiento se logran éxitos con tratamiento oportuno.
El diagnóstico de hipotiroidismo de un recién nacido evita el cretinismo congénito que provoca un discapacitado mental irrecuperable.
Continuaremos abordando este importante tema.
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