Celebrar una Navidad cristiana

José Esteban González Rapacciolli

Con la Navidad cambia la iluminación en calles, plazas y vitrinas, resuenan contagiosos cantos navideños (casi siempre en inglés)… Para muchos, la Navidad significa el regreso de un sonriente personaje en un trineo volador o de unas bellas muchachas con minifaldas rojo y armiño.

Muchos se preocupan, sobre todo, por lo que le regalarán a su esposa, a su novia, a su mamá o a sus chavalos. Las adolescentes sueñan con el vestido que estrenarán en Nochebuena, las madres y abuelas en cómo ir más elegantes que sus vecinas a la Misa del Gallo… Para algunos empresarios y altos ejecutivos significa recibir o recetarse un abultado aguinaldo… Algunos jóvenes afortunados recibirán un carro deportivo o la moto que siempre soñaron. Sin embargo, la noche de Navidad, la inmensa mayoría de los nicaragüenses se irán a la cama extenuados después de haber pasado, como siempre, el día sudando en los mercados, en la huerta, pegados al timón de un bus o en los cortes de café para llevar algo que comer a su familia en una oscura cuartería o bajo un techo de plástico.

Pero ¿qué significa verdaderamente la Navidad? Pocas personas en la historia del cristianismo han captado el espíritu de Navidad con mayor fidelidad que aquel joven, vestido con un burdo sayón que, queriendo revivir la primera Navidad escogió una gruta en las montañas vecinas donde, a medianoche del 24 de diciembre de un año que no recuerdo, pidió a una pareja de jóvenes campesinos colocar en una improvisada cuna a su hijo recién nacido envuelto en una colchita de lana, llamó con un silbido a otros campesinos que pernoctaban en esos parajes cuidando rebaños ajenos, estos trajeron una mula y un buey para calentar con su aliento al niño y, luego, temblando de emoción y llorando de ternura, Francisco, hijo de uno de los más ricos comerciantes de Asís, cayó de rodillas para adorar al recién nacido Salvador del mundo. Los campesinos se volvieron a ver extrañados y, luego, también ellos se postraron para adorar al Niño Jesús simbólicamente presente.

En esta Nicaragua de nuestros dolores y esperanzas, rica pero saqueada por títeres sin entrañas, es tan generalizada y tan profunda la pobreza que a Francisco de Asís le bastaría ir a la costa del lago, a los tugurios que bordean los cauces o a cualquier choza campesina para encontrarse con una escena de tal pobreza que no necesitaría imaginar nada sino simplemente compartir el dolor inmenso de familias desposeídas al extremo, llorando, tal vez, en torno al cuerpo todavía tibio de la más reciente víctima de la violencia delincuencial o política —que es casi lo mismo…— y, levantando los ojos al cielo, adorar e implorar compasión al Dios del universo, soñando y esperando que, de repente, irrumpiera un tropel de ángeles luminosos anunciando, por fin, la llegada del Salvador prometido.

Si de verdad quisiéramos celebrar la Navidad como se debe, deberíamos reunir cada año a nuestros más talentosos profesionales y expertos para realizar un encuentro nacional sobre la pobreza con miras a desarrollar propuestas verdaderamente eficaces para ir, año tras año, arrebatándole a la pobreza pedazos del territorio que actualmente domina y convertirlos en espacios donde la dignidad humana sea verdaderamente promovida y respetada. Cuando nos decidamos a hacerlo, Jesús recién nacido sonreirá con dulzura y comenzaremos, por fin, a celebrar cristianamente el nacimiento de Cristo.

El autor es fundador de la CPDH, Presidente Nacional del PSC

COMENTARIOS

  1. eliseo valenzuela
    Hace 15 años

    Adelante Verdaderos Cristianos: Diciendo y haciendo!

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