El gobierno de Daniel Ortega ha sido uno de los pocos en enviar un mensaje de condolencia al régimen comunista de Corea del Norte, por la muerte de Kim Jong-il. Según dijo la señora Rosario Murillo de Ortega en una nota oficial que dio a conocer a través de medios oficialistas, ella y su marido hacen “votos por la continuidad del proceso que vive el pueblo coreano, que vive el gobierno coreano, un proceso de construcción de más paz y más prosperidad para todas las familias de ese país”.
El gobierno de Ortega no llegó a tanto como el de los hermanos Castro en Cuba, que decretó tres días de duelo nacional por la muerte del dictador comunista norcoreano, pero hay que preguntarse cuál es ese “proceso de construcción de más paz y más prosperidad para todas las familias de ese país” del que habla la pareja gobernante de Nicaragua. Lo que se conoce de Corea del Norte, más bien, es que se trata de un país donde no se respetan las libertades y los derechos más elementales de las personas, que impera allí un régimen de terror y la gente vive en las condiciones más deplorables que cabe imaginar.
En realidad, lo que ocurre en Corea del Norte es de locura. Comenzando por la versión oficial sobre la vida del fallecido Kim Jong-il, según la cual, en el momento en el que “el gran líder” nació en el Monte Paetku (como Zeus en el Monte Ida), una golondrina mágica surcó el espacio, en el cielo se formaron dos esplendorosos arco iris (uno en el oriente y otro en el poniente) y una nueva estrella, más brillante que las demás, apareció en el firmamento.
En Corea del Norte, lo primero que ven los niños al entrar en las escuelas, son dos grandes retratos de Kim Il-sung y Kim Jong-il ante los cuales tienen que inclinarse y no deben dar las espaldas jamás. La gente trabajadora sobrevive gracias a las tarjetas de racionamiento que les otorgan el “derecho” a adquirir mensualmente unas 20 libras de arroz, 5 libras de carne, 15 huevos de gallina y algunas verduras, dependiendo de la estación. Pero el régimen gasta miles de millones de dólares en su programa de armas nucleares y el mantenimiento de su enorme ejército, que es el quinto más grande del mundo.
Un cocinero japonés que durante algún tiempo fue chef personal de Kim Jong-il, ha relatado que este vivía en un lujo propio de faraones; organizaba banquetes que empezaban a medianoche y terminaban al salir el sol; tenía una bodega de 10 mil botellas de costosos vinos y otros finos licores extranjeros, y solía tomar la exótica sopa de aletas de tiburón supuestamente para mantener o elevar su potencia sexual. Después que Kim Jong-il heredó el poder en 1994, más de dos millones de personas murieron en Corea del Norte debido a la hambruna causada por el desastre de la agricultura y la economía. Actualmente, en los campos de concentración y cárceles del país hay más de 200 mil presos políticos y de conciencia, según Amnistía Internacional y Human Right Watch.
Esas son solo algunas muestras de la “prosperidad y paz” que según los Ortega gozan las familias de Corea del Norte, un tenebroso país comunista que de acuerdo con lo que dicen los observadores que lo han visitado, es como una delegación del infierno en la tierra.
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