Yo conozco a un señor que fue alto funcionario público —viajó de la pobreza a la riqueza a la velocidad de luz— que cuando le dicen que alguien comentó que es rico porque robó en el gobierno, sin inmutarse, sin sentirse ofendido, con la más absoluta tranquilidad, siempre contesta lo mismo: el que esté libre de pecado que lance la primera piedra.
Yo pienso —quizás equivocadamente— que con esta contestación el citado señor, en el fondo, está aceptando tácitamente que robó, porque está tratando de justificar su proceder delictivo mediante la “lógica” de que todos somos pecadores, de que todos somos ladrones y que, por consiguiente, nadie en el mundo puede lanzar la primera piedra.
Esta interpretación sobre el mecanismo físico y dialéctico del lanzamiento de la primera piedra trajo a mi memoria las andanzas del mandador de una finca que tuve en Chontales, andanzas que quiero contárselas a mis lectores porque ilustran la “lógica” de la primera piedra y respaldan mi interpretación.
Recuerdo que estando un sábado en Acoyapa me mandó a decir mi amigo, conocido como “Chepe gallo”, que le pagara mil córdobas, que la deuda tenía tres meses. Fui a su casa. Le dije que no le debía, pero me manifestó que sí, que le debía, que el dinero yo se lo había mandado a pedir prestado con el mandador. Este confesó ser cierto. “He pecado doctor, me dijo, reconozco que soy pecador, pero recuerde que todos somos pecadores; el que esté libre de pecado que lance la primera piedra”.
Un mes después me enteré que el mandador me robaba leche y que vendía diariamente treinta cuajadas en la pulpería de un poblado cercano a Acoyapa. Frente a la dueña de la pulpería confesó todo. “He vuelto a pecar, me dijo, pero tengo un firme propósito de enmienda. La verdad es que todos somos pecadores”. Seguidamente me preguntó con curiosa humildad, y viéndome fijamente a los ojos, que si yo nunca había pecado, y me volvió a repetir lo mismo: el que esté libre de pecado que lance la primera piedra.
Días después le entregué medicina veterinaria por valor de treinta mil córdobas para que fuera a desparasitar unos novillos que tenía en una finca cerca de El Coral. A los tres meses me di cuenta que los novillos estaban cundidos de tórsalo y que la medicina la había vendido a mitad de precio en el citado pueblo; que había pasado tres días pecando feliz: guaro, mujeres y roconola.
Cuando lo despedí de su trabajo me dio un abrazo. Me dijo que se iba para Costa Rica; que ya no podía vivir en Acoyapa porque ni en las calles podía andar, ya que debía —que había pecado— en todas las pulperías del pueblo; que me agradecía mi comprensión de que todos somos pecadores y me repitió el “argumento lógico” de que el pulpero que no tenga pecado que lance la primera piedra.
La lógica del mandador, clarísima por cierto, era de que yo, como pecador no podía tirar la primera piedra y que, como ambos somos pecadores, yo no debía reclamarle nada. Tuve la impresión de que el mandador pensaba que él y yo éramos dos sinvergüenzas; que éramos iguales.
Si esta interpretación no fuera compartida por todos mis lectores —no hay premisa del pensamiento humano que no esté sujeta a controversia— les aconsejo, eso sí, que sepan defenderse de la “lógica” de la primera piedra, pues es el argumento del hombre que habiendo perdido la vergüenza pretende estar en el mismo saco con el que todavía la conserva. El autor es abogado y escritor
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