Cuando usted esté leyendo esta columna, nuestro matrimonio arriba a 42 años, y nuestra relación de pareja a 47 años, ha pasado mucha agua debajo del puente, nuestra relación ha vivido un sinnúmero de circunstancias, momentos de alegría pero también de tristeza.
Por muchos años vivimos bajo el mismo techo, dormimos en la misma cama, viajamos en el mismo vehículo, comimos en la misma mesa, asistimos a reuniones familiares, de amigos… Pero permanecimos aislados dentro de nosotros mismos, habíamos levantado un muro invisible construido con ladrillos de ese binomio perfecto para la destrucción de relaciones: ofensas y rencor, que resulta en comunicación bloqueada, relaciones sin motivación, con carácter de obligación, que rayan en la frustración.
Quizá todo inició con un insulto, intencional o no, sin importancia, pero causó una reacción emocional y abrió heridas; quien la causó no se dio cuenta de lo que hizo, y quien la recibió no las percibió, pero tuvo efecto “bola de nieve”, convirtiéndose en una montaña de esas que muy pocos logran escalar.
Si estás pasando unas relaciones familiares o de pareja difícil, de esas que te han llevado a vivir una separación emocional, o física, en la que no ves la luz, queremos decirte que hay una esperanza que reside en Cristo Jesús, solamente hay que disminuir el ego y rendirse, aceptándolo en tu corazón.
Tu familia, tu relación, es esa barca que partió de una orilla con rumbo hacia a la otra, y en medio del mar fue azotada por vientos y olas gigantes, los discípulos de Jesús se atemorizaron, y desesperaron, le clamaron a Él.
Si haces lo mismo, le clamás y te rendís, Jesús calmará las tempestades, no importa su intensidad, y verás la salida del túnel, vendrá la luz a tu vida.
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