El panorama político de Nicaragua, después de las elecciones es el siguiente: un gobernante con poderes absolutos y con un débil contrapeso de poder que lo asemeja a la figura del rey sol cuando dijo: el Estado soy yo.
Una oposición fraccionada y dividida, tendiendo a la atomización y en algunos casos al colaboracionismo con el peligro.
Un gobierno, que trató de convertir la elección en plebiscito, rompiendo el Estado de derecho, para legitimar una candidatura que nació siendo, ilegal, ilegítima e inconstitucional.
Un derrotado en la contienda política, que muchos deseaban desde hace tiempo verlo caído, como es el caso del doctor Arnoldo Alemán.
Lo que la elección despejó totalmente, es el mito del pacto entre Ortega y Alemán. Ortega, posiblemente con la complacencia de Montealegre, le pasó la cuenta a Alemán por no haberse prestado a aprobar la reforma constitucional que autorizaba su reelección.
Despejó también, el mito de un Ortega conciliador y pragmático. Demostró que no estaba interesado en seguir teniendo pesos y contra pesos y prefirió el mismo camino de Somoza Debayle después del terremoto de Managua del 1972 —la concentración del poder en sus manos—.
Lo que la oposición no quiso ver fue el hecho, que el gobierno iba ganando terreno en los sectores marginados y desprotegidos a través de sus programas sociales, que si bien es cierto no sacan de la pobreza a las personas, pero ofrecen un paliativo que en muchos casos resuelve la necesidad inmediata.
Que la división que presentaban y la falta de propuestas sociales, lo que hacía era, que una fracción del voto independiente que tradicionalmente había sido a su favor, emigrara, dándole apoyo a la propuesta del gobierno.
Pero lo más preocupante es que deja un vacío político difícil de llenar, al sucumbir el PLC, obteniendo un margen tan bajo. La gran pregunta es: ¿quién lo va a sustituir?
Hay gente que ya anda diciendo: que Alemán tiene que desaparecer por completo de la vida política, puede que esto sea una verdad soberana, pero ante esa afirmación hay otra verdad tan cierta como la primera. ¡Alemán es el partido, el caudillo con todos sus defectos y atributos! ¿Ahora quién lo sustituye para hacerle contra peso al otro caudillo? Estamos en Nicaragua, no estamos en Massachusetts.
La otra gran pregunta es: ¿qué va hacer Ortega ahora que tiene todo el poder en sus manos?
En primer lugar debemos de estar claros que tiene a su favor el tiempo: ya no tiene la prisa de la reforma constitucional, puede retrasarla uno o dos años, mientras tanto, dará una careta de flexibilidad y apertura, negociará cuotas de poder con el COSEP y no con los partidos políticos, ya que con el primero tiene mayores puntos en común que con sus adversarios políticos.
Su último discurso fue un discurso magistral, digno de un Jefe de Estado, dijo: “Vamos a trabajar juntos por Nicaragua”.
Entendamos bien esas palabras. “Trabajar juntos por Nicaragua”, en su lenguaje, significa: “acaten mi voluntad, sigan mi línea, mi programa, yo soy el gran líder, yo soy la Patria” oscuridad al mediodía, esa es la situación ahora en Nicaragua. El autor es abogado.
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