Doce…
Tree… ce…
Catoooor… Catorce, ¡uf!… ¡Una más! ¡Una más! Quiiiin…
Tengo que llegar a 15
… Siento que me falta aire, los brazos pesan toneladas, sudo como condenado
Creo que, siendo un novato, exageré con esto de las pesas. Siento que cargo un elefante. Tal vez porque me dio pena ponerle las tan pequeñas que me recomendó el instructor “para empezar”. ¿Y qué le pasa a este? ¿Me habrá visto tan debilucho? Una muchacha a mi lado carga más peso que el que me calculó el instructor… Y yo: “No, creo que estarían mejor estas”. Aquí estoy, pues, pagando mis pecados. Pecado de vanidad. Y lo sigo pagando porque aunque siento que el corazón se me va a salir por la boca y pueda que pronto todos sepan que desayuné. Tengo que terminar la tercera repetición completa y no darle gusto al instructor que me ve con una sonrisita de “te lo dije”. Quiiiiiinnn
… iiinnn
… ce…
¡Ay Dios mío!
Asomando los 40 decidí ir al gimnasio. Nunca había ido a alguno en mi vida. Creí que sería chiche para mí, pues nunca tuve problemas para hacer ejercicios. Lo que a uno se le olvida a esas alturas es que eso era “antes”. “Antes” que tantos años de vida sedentaria pasaran su factura. Y a mí esa factura me llegó con los resultados de un examen de sangre: Colesterol 247. Dieta, medicamento y ejercicio, me dijo el doctor. “No se lo vaya a tomar tan a la ligera —me dijo— el colesterol es silencioso, pero puede matar”.
Ese mismo fin de semana me fui a comprar un buzo deportivo y guanteletas, me inscribí en un gimnasio y poco después estaba ahí, sudando la gota gorda, inspirado en «Eyes of the tiger»que suena a todo volumen en ese espacio diseñado como templo para el culto del cuerpo. “Face to face, out in the heat hangin tough, stayin hungry ”… Y me habría creído que era el mismísimo Rocky haciendo mis abdominales, de no ser por la imagen de renacuajo que me regresa con violencia uno de los espejos que cubren las paredes del local : un señor pelón, panzoncito y con cara de desfallecimiento. “Bueno, estoy aquí por salud y no para sacar músculos”, me consuelo.
La verdad, en esta materia nunca fui muy disciplinado. Al principio llegué regularmente, pero al poco tiempo iba un día, tres no. Y al final quedé llegando un par de veces por semana. Sin embargo, me sirvió para conocer ese mundillo, donde para sorpresa mía lo pueblan más personajes que el prototípico joven-musculoso que yo creía.
En primer lugar están mis similares, hombres cuarentones, que buscan cómo retener algo de la juventud que se les va. Llegan generalmente en trajes deportivos nuevos, toallita al hombro, guanteletas, con aires de despistados y acometen con fuerza al inicio, como si el cuerpo que se han imaginado lo van a conseguir el primer día de entrenamiento. Van de máquina en máquina probando de todo, generalmente sin plan alguno, para al final de los días quedar llegando una vez por semana a la caminadora. Y punto.
Está obviamente el tipo musculoso, que parece vivir ahí. Siempre está. Le da menos importancia a la ropa que viste, generalmente un sencillo pantalón corto y una camisola, pero cuida que la musculatura quede al descubierto y no pierde oportunidad de verse de reojo al espejo para asegurarse que el ejercicio vale la pena. “Que pompeado estoy”, se debe decir, pienso. Del mismo lado están las muchachas bonitas. Son las reinas del gimnasio. Los instructores se desviven por atenderlas. Poco tiempo después entendí algo: los novatos como yo, se distinguen por que le dan mucha importancia a la ropa deportiva. Más hojas que nacatamal. Y eso vale para hombres y mujeres.
También supe que después de las vacaciones llegan los visitantes en nutridos cardúmenes buscando cómo bajar algunas libritas y cómo limpiar su conciencia después de los excesos de los días libres. Ese cardumen va arralando con los días hasta que quedan los mismos de siempre. Esos militantes del gimnasio.
Yo pertenezco al grupo de ocasionales. Claro, eso tiene su precio. Porque cada vez es un comenzar de nuevo. Nunca agarro el ritmo y quedo ligado por días. No pocas veces he terminado vomitando en el baño y siempre tengo como meta organizarme mejor para hacer, aunque sea poco, permanentemente.
Como muchos de los que llegamos por ahí, no lo hago para sacar músculos ni conseguir un cuerpo de fisicoculturista. Se trata de ganarle algunos años a la vida en este mundo donde el sedentarismo y las comidas grasosas escriben muchas sentencias de muerte. Y eso es lo que me digo cuando siento que el corazón me va a salir por la boca, busco aire a destelladas y caigo en la tentación de cambiar ese martirio por el cómodo sofá frente al televisor.
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