Los periódicos de Estados Unidos, The Miami Herald y El Nuevo Herald, publicaron en su edición de ayer jueves 3 de noviembre, en inglés y en español, un artículo del periodista experimentado en asuntos de América Latina y de Nicaragua, Glenn Garvin, sobre las elecciones del próximo domingo y las perspectivas del país después de estos comicios que han sido tan anómalos como carentes de garantías para la libre emisión del voto ciudadano y el respeto a la voluntad popular.
Garvin, quien durante 19 años cubrió las noticias de América Latina y en los últimos cinco fue jefe de la oficina del Miami Herald en Managua, señala en su artículo titulado sombríamente Nicaragua hacia el desastre, que “los sandinistas, cuando regresaron al poder en 2007 por la vía de las urnas, tras 17 años de exilio, se movieron con cautela, evitando las expropiaciones en masa y los encarcelamientos que llevaron a su gobierno, iniciado en 1979, a una guerra civil y a la confrontación con Estados Unidos. Sin embargo, calladamente han puesto un lazo totalitario alrededor del cuello de Nicaragua. Ortega ha gobernado esencialmente por decreto en estos años, pasando por encima del Congreso controlado por la oposición con edictos aprobados por el tribunal supremo dominado por los sandinistas. Entretanto, Ortega ha ampliado su poder institucional robándose flagrantemente las elecciones locales —hasta 50 alcaldías en 2008, según Ética y Transparencia, un grupo nicaragüense independiente de vigilancia electoral— y utilizando al Consejo Supremo Electoral, controlado por los sandinistas, para ratificar los resultados”.
Agrega Glenn Garvin que “la arrogancia con la que los sandinistas ejercen el poder está ejemplificada por la aspiración de Ortega a la reelección. La Constitución nicaragüense prohíbe específicamente que los titulares sean reelectos. Cuando Ortega no logró que el Congreso cambiara la medida, su tribunal supremo falló servicialmente que Nicaragua no está gobernada por su Constitución sino por la Declaración de los Derechos del Hombre, escrita por revolucionarios franceses un cuarto de siglo antes de que Nicaragua fuera un país”.
Advierte el perspicaz periodista norteamericano que “si Ortega gana el 6 de noviembre y gana también el control del Congreso de Nicaragua, no habrá más necesidad de gimnasia legal. Rápidamente convocará una convención constituyente y la usará para borrar los últimos vestigios de oposición. Entonces estará libre para llevar a cabo el tipo de política interior y exterior que se puede esperar de un político que ha recibido cientos de millones de dólares de Gadafi y del iraní Mahmoud Ahmadinejad (¿Holocausto? ¿Qué Holocausto?), y miles de millones del presidente venezolano Hugo Chávez”.
Glenn Garvin concluye dejando en claro la gran responsabilidad y culpa que le corresponde a la oposición por el quebrantamiento de la democracia en Nicaragua, al señalar que (Daniel) “Ortega, lamentablemente, quizá no tendrá que engañar mucho para ganar, porque sus opositores le están facilitando las cosas”.
Para desgracia del pueblo de Nicaragua y de sus instituciones democráticas, lo que dice el periodista estadounidense Garvin es la cruda y triste realidad.
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