Según la última encuesta (barómetro de octubre) realizada por el español Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), las tres instituciones en las que menos confianza tienen los españoles son, en orden decreciente, el Parlamento, el Gobierno y los partidos políticos.
No es dable esperar expresiones de fe y optimismo de los ciudadanos de un país en el que el desempleo es del 20.89 por ciento, el que además duplica la cifra media de la región: el paro en la Zona euro es del 9.97 por ciento.
Difícil que un gobierno cuente con la confianza, o la mera simpatía, de prácticamente cinco millones de parados, a los que se suman casi cuatro millones de trabajadores con empleos precarios, y en un país donde cerca de la mitad de los jóvenes menores de 25 años (el 46 por ciento) no consigue empleo.
Es explicable que la ciudadanía haga responsable de sus desventuras al gobierno y que, en definitiva, identifiqué como “villanos de la obra” a los políticos. Los Partidos Políticos, en esta encuesta, están en el piso: en una escala de 0 a 10, solo alcanzan un 2.76. Y en esto no hay matices y así como el 73.56 por ciento de los españoles enjuicia severamente la actualidad política del país, un 65 por ciento critica la gestión del gobierno socialista (PSOE), y casi un 60 por ciento, a su vez, juzga duramente al opositor Partido Popular (PP).
Hay una vieja canción que dice “la culpa de todo la tienes tú”, que podría encajar bastante bien en ese sentimiento de la mayoría de los españoles. Está dentro de la naturaleza humana eso de trasladarle “al sistema” la causa de los problemas de cada uno.
Pocos asumen sus propias culpas. Es mucho más fácil decir que las tuvo el otro, como también lo es sumarse a la corriente y optar por la demagogia rentable y populista a poner los puntos sobre las íes y señalar las responsabilidades de unos y otros.
Esto no es privativo de los españoles, pero en el caso de ellos deberían tener presente que ese gobierno, ese parlamento y esos partidos políticos, en los que hoy no confían, no hace mucho eran los responsables de la euforia española y de que disfrutaran de un régimen laboral y de seguridad (horario, vacaciones, seguro de paro, asistencia médica, indemnización por despidos, derecho a retiro), casi sin parangón en el mundo y en general superior al que gozaban otros trabajadores y ciudadanos de la “zona”. Hasta en materia de tiempo dedicado a aperitivos, almuerzo y sobremesa, tenían una situación de privilegio en relación al resto.
Y eso se debía y era obra del gobierno y de los políticos (Zapatero por un tiempo negó la crisis y después se enojo muchísimo cuando se le reclamó en el 2009 una reforma laboral). Pero era demasiado bueno para que durara mucho tiempo. Y no solo es responsabilidad “de los políticos” y los españoles tienen que verlo y admitirlo. No basta con indignarse. Si no lo ven, la salida es imposible.
Pero además otros sí lo ven y no quieren cargar con esas cuentas. Es lo que pasa con los alemanes, los finlandeses, los holandeses.
Cuando al principio de la crisis griega la canciller alemana, Ángela Merkel, advirtió “que tendrían que vender las islas”, no solo interpretaba los datos de la realidad, sino que se hacía cargo del sentir de su gente.
Es que no siempre la culpa la tiene el otro. A veces hay que vender las islas.
El autor es periodista uruguayo, director del semanario Búsqueda.
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