Por Joaquín Absalón Pastora
Clásico es todo lo que permanece. Clásico es por lo tanto para nuestra tradición, el Ballet Folclórico Nicaragüense, dirigido por Ronald Abud Vivas.
La perseverancia y la holgura creativa le conceden al maestro el mérito de circular por la pista vernácula.
Me inscribo en el concepto de que la identidad, vivificada cada vez en esos números y los temas de estreno en las estampas costumbristas (El Calabazo) es la que menos está expuesta a languidecer.
La compatibilidad cantada y movida por símbolos, por una coreografía vistosa y renovada, permite la sensación automática de gozar la tierra donde para siempre quedó sembrado el ombligo. La canción que bulle en la garganta, la danza, expresión del solaz corporal. El espectáculo de Abud congrega a la ventura del ritmo, el gesto, la mímica, la sincronización acompasada, la lógica espontánea de los festejos como el del Palo Encintado. Primavera en nuestro Caribe.
Hemos visto al ballet en varias oportunidades, algunas de ellas con motivos coyunturales con las celebraciones vernáculas paganas y religiosas.
Da la oportunidad de corear en el silencio de palco, los cánticos de la Purísima con perfume coral expuesto en cada himno con olor a flor y sabor a madroño.
En lo pagano con la Gigantona cuando sale de su cueva recóndita dando la señal del desborde placentero con su comitiva. El enano cabezón tratando de erguirse ante la dama que baila el son que le tocan.
Así como el rito indígena siempre recreado como lo manifestó en la Danza del Toro Huaco.
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