“He aquí un verdadero israelita, en quien no hay ningún doblez”, este piropo, dirigido por Jesús a Natanael, amigo de sus discípulos, es uno de los más elocuentes registrados en los evangelios (Juan 1, 47), y revela el aprecio del Maestro por las personas de una sola pieza: aquellas en las que no hay engaño, treta, duplicidad o simulación. Su aprecio por la sinceridad y el hablar directo —“Sea vuestro modo de hablar sí, sí, o no, no; que lo que pasa de esto, de mal principio procede”— tenía como contrapunto su profundo desagrado ante la hipocresía. Son los que practican la doblez los que reciben sus reproches más severos: “¡Ay de vosotros fariseos hipócritas!” “Sepulcros blanqueados”.
Uno de los problemas más profundos de nuestra cultura es precisamente su falta de repugnancia ante la dualidad. Por el contrario, uno de los personajes más celebrados, y que en cierta forma parece encarnarla o representarla, es la de un hipócrita; El Güegüense ; personaje dual, que goza en su picardía y duplicidad, y cuya habilidad o virtud más aplaudida es su ingenio para engañar a otros. Hipócritas, se llamaba en el teatro griego antiguo a los actores que usaban máscaras para representar a personajes que no eran. El Güegüense y nuestros bailes afines están llenos de máscaras que expresan, precisamente, nuestra afición a ocultar al verdadero yo, fingiendo.
El Güegüense , como obra teatral-literaria tiene méritos indudables. Pablo Antonio Cuadra la consideraba comparable a los clásicos de la picaresca universal. Muchos consideraban su magistral manejo de la burla velada como el último recurso de los oprimidos. Pero como bien lo cuestionó Moisés Hassan en su libro La maldición del Güegüense , dicho personaje “disfruta ridiculizando a alguno de los suyos, otros mestizos o indios entre los cuales hay que incluir a su propio hijo ”
Lo verdaderamente problemático está en glorificar este personaje y hacer de la hipocresía un ícono de nuestra cultura. Pablo Antonio Cuadra advertía al respecto, en boca del historiador Jerónimo Pérez, que “el mal de nuestra América es la marrulla: una palabra baja pero tremendamente válida en nuestra vida política. Nunca cumplimos con las reglas del juego que nosotros mismos nos imponemos”. Esto ha sido algo particularmente cierto en la historia de Nicaragua: el uso de la ley para deshacer la misma ley, el uso de la trampa, del engaño, del artificio jurídico, no para defender la justicia, sino para herir al adversario.
Somoza García sonreía cuando sus funcionarios asignaban los votos de Enoc Aguado a su candidato Leonardo Argüello y los de este a aquel. Y sonreía cuando después sus diputados, sin ningún rubor, declaraban a este inepto para gobernar, pues había osado a mostrarse independiente. Igual sonreía Alemán cuando le movió la raya municipal a Pedro Solórzano, para privarlo de su candidatura a la Alcaldía de Managua. Igual sonreían Ortega y Roberto Rivas cuando alteraban los votos de las elecciones municipales del 2008, e igual sonríen ahora cuando acarician la posibilidad de inhibir a los candidatos de la oposición cobijados bajo el PLI.
Pero esas sonrisas, trampas y marrullas, tan opuestas al ideal evangélico de la integridad, producen después su triste cosecha de revueltas, derramamientos de sangre y atraso. Ciclo feroz y destructivo que ha flagelado Nicaragua y que tiene su raíz en una superabundancia de hipócritas güegüenses y en una escasez de hombres como Natanael, “en quienes no hay ningún doblez”. El autor es sociólogo y fue ministro de educación 1990-1998.
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