Agencias/VIDA
A pesar de la mala fama que le cayó encima a la pobre manzana cuando a alguien se le ocurrió, sin que nadie sepa por qué, identificar la manzana con la fruta prohibida del árbol de la ciencia del bien y del mal, desde tiempo inmemorial es la fruta más consumida por el hombre.
La verdad es que a la pobre e inocente manzana le han caído encima unos cuantos compromisos, pues además de la manzana de Eva, tenemos la manzana de la discordia, la que Paris entregó a Afrodita y que acabó desencadenando la guerra de Troya. Cuando los hermanos Grimm pensaron en cómo tratarían de eliminar a Blancanieves su malvada madrastra, lo primero que se le ocurrió fue una manzana envenenada. Menos mal que, en el caso de Isaac Newton, la manzana, si no acaban por desmentir la historia, sirvió para algo bueno, también le debían de gustar mucho las manzanas al recientemente fallecido Steve Jobs y a los Beatles, por el sello grabado bajo el nombre Apple.
Hay manzanas para todos los gustos, desde las muy ácidas, como la granny smith, a las muy dulces, como la golden. Las comemos tal cual, al natural, pero también cocinadas, en compota, en mermelada y, lo que hoy nos interesa más, como protagonista de muy diversas tartas.
La tendencia actual va hacia las tartas de masa muy fina, que hay que hacer individuales por su fragilidad. Son la antítesis de la clásica “apple pie” del mundo anglosajón, con masa por ambas caras, sin duda muy sabrosa, pero también sin discusión mucho más pesada que las otras.
Hay dos versiones de tarta de manzana magníficas. Una, bastante antigua y muy practicada en Austria, Alemania y el norte de Italia: el Apfelstrudel o torbellino de manzana; otra, nacida hace muchísimo menos tiempo, poco más de ciento diez años, francesa, que es la tarta Tatin.
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