Un líder como Fernando Agüero con la seducción de atraer multitudes voluntarias, no se ha repetido desde 1960. Asoma la nariz en la política de oposición a partir de 1944 cuando como dirigente estudiantil asume la jefatura del Centro Universitario y crece en el rumbo de la protesta con ostensible verticalidad al fajarse en 1954 en los fogosos acaecimientos del 4 de abril.
Esa militancia progresiva le abrió las puertas de la presidencia del Partido Conservador que por aquellos tiempos conservaba una posición beligerante en la maquinaria en contrapunto de las paralelas históricas, ganándose la heredad de ser el caudillo de repuesto para alguien que ya languidecía por razones de desgaste político y de una ancianidad enfermiza que lo envió al ostracismo: Emiliano Chamorro.
De su descenso por haber firmado los pactos de 1950 con Somoza García, se valió en gran parte su relevo verde, sin aprender la lección pues luego en 1971 él mismo firmaría el acta de su finamiento político al suscribir el también oprobioso convenio con Somoza Debayle, viajando así con prontitud meteórica, de la cima a la sima: de la cumbre al abismo, después de que el 22 de enero de 1967 (debió estar la sangre derramada ese día circulando por sus venas olvidadizas) produjo cantidad aún no bien calculada de víctimas. Aún así hizo caso omiso de aquella masacre que debió servir para sacarle provecho al fortalecimiento de su liderazgo, más por el contrario, lo desvaneció convirtiéndose en un zancudo defenestrado por un tal Paguaga Irías, quien lo obligó a “llorar sobre la leche derramada” en Masaya al lado de un grupo fiel, cuando ya era tarde.
Agüero vio y se valió de los efectos ocasionados en 1950 por aquella suscripción y no pudo balancearse, guardar el equilibrio con todo y la imagen etiquetada en el espejo de su antecesor, no pudo sustraerse ante el fantasma “corneliano” que le sirvió de contacto para consumar el suicidio.
La justificación siguió siendo la misma. El discurso de Emiliano lo oí por primera vez desde pequeño en la esquina que posteriormente ocupó el Ministerio del Trabajo cuando lo estrenó Ramiro Sacasa Guerrero. Dijo: “Lo hice por la gobernabilidad, había que entenderse con Tacho, por la patria, por la armonía nacional, él tiene las armas y nosotros no tenemos nada”. Pretendía poner el destino de la nación comparado con el procedimiento burocrático de distribuir cargos públicos. La misma “salida de baño” se puso Agüero en el “repris”.
Debe afirmarse todo esto después de que muere un hombre de su talla, que eso sí, debe ser recordado como el único líder que ha llenado totalmente la plaza de la República sin que se hayan descolorido los billetes del Estado, sin que se haya recurrido a manchar la convocatoria con el mote trivial de “portátil”. Fue cuando vino de Estados Unidos con un mensaje crítico contra su política de apoyo a la tiranía. Y no solo en una concentración, fue en varias donde hizo gala de su garbo de persuasivo orador, reflejo sonoro de su carisma.
La inmensa soledad que lo acompañó en las manifestaciones fúnebres evidenció el alto costo que tuvo haberse agachado ante el poder. Dejó el último suspiro en su patria pero con la sensación de haber muerto en el destierro.
Estas negaciones como ejemplos jamás perderán actualidad. El autor es periodista
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