Después de conquistar prácticamente toda la Europa Occidental y Central, el emperador de Francia Napoleón Bonaparte llegó hasta Egipto y se plantó ante las grandes pirámides de Giza. Allí, preguntado sobre la posibilidad de seguir hacia el Asia y conquistar la China, Napoleón Bonaparte respondió: “¿China? Ahí yace un gigante dormido. ¡Dejémoslo dormir! Para cuando él despierte moverá el mundo”.
El pronóstico napoleónico sobre China se está cumpliendo. Bajo una rara mezcolanza de capitalismo salvaje con totalitarismo político comunista, China se ha convertido en una pujante potencia mundial y pretende ser el país y el Estado más poderoso del planeta.
Su continuo crecimiento económico de dos dígitos, la captación de inversión extranjera en cifras astronómicas, la creación de muchas empresas privadas algunas de las cuales son gigantescas, el auge de las exportaciones e importaciones, la formación de una poderosa clase de neocapitalistas multimillonarios y de una enorme clase media, han hecho de China un país envidiado en todas partes del mundo, sin que casi nadie ponga atención en el hecho vil de que ese “milagro económico” está montado sobre las espaldas de centenares de millones de personas semiesclavas y hambrientas, y en la falta absoluta de libertades políticas y de respeto a los derechos humanos. Para los empresarios y políticos “pragmáticos” de Occidente esas son minucias, lo importante es que el gato cace ratones, es decir que la economía capitalista funcione y asegure las máximas ganancias posibles.
Sin embargo, en las entrañas del gigante chino que ahora ruge en vez de roncar, se encuentra el germen de sus propias contradicciones y hierve el descontento social y el ansia de libertad. Como ha informado recientemente el periódico estadounidense The Wall Street Journal, China “ha apuntalado un crecimiento anual de casi dos dígitos, pero también ha impulsado la inflación, elevado los niveles de deuda y alimentado otro fenómeno no deseado: agitación social”.
Pero no es solo eso. El periódico mencionado llama también la atención hacia la creciente y explosiva lucha por la tierra que están librando decenas de millones de campesinos, para quienes la acumulación originaria del comunismo de mercado chino ha resultado mucho más despiadada que la del capitalismo tradicional. De manera que según informa The Wall Street Journal, solo el año pasado China “fue sacudida por 180,000 protestas, disturbios y otros incidentes masivos, más de cuatro veces la cantidad de hace una década”.
Todo eso es solo la punta del témpano. En las entrañas del pujante comunismo de mercado chino se fermenta una gran disconformidad social y política que inevitablemente va a explotar, porque cualquiera que sea su ubicación geográfica, historia, lengua y cultura, la gente necesita libertad y termina luchando por ella hasta conquistarla. De manera que el pueblo chino es el verdadero gigante que comienza a despertar.
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