Cuando en 2001 viajé a Londres para entrevistar a Joaquín Villalobos, exjefe de una de las facciones guerrilleras del FMLN de El Salvador y actualmente conferencista internacional, en compañía de los periodistas Laffite Fernández, Luis Mora (q.e.p.d.) y Mateo Guerrero, este dijo algo muy importante: que prefería mantenerse alejado de la política activa por las dolorosas reminiscencias que alguien como él podía representar para la población, pues fue uno de los protagonistas principales de la devastadora guerra civil que azotó a su país. También en sus declaraciones —que en cierta medida influenciaron en el electorado nicaragüense que votó por el candidato presidencial del PLC, Enrique Bolaños— le hacía un llamado a Ortega, candidato derrotado en esas elecciones, a que no se postulara, reconociendo sin embargo que su experiencia acumulada sería de importancia para las nuevas generaciones sandinistas.
Traigo esto a colación, ahora que pronto se realizarán elecciones nacionales y en las que, además de la candidatura ilegal de Ortega, las otras son constitucionalmente legítimas como las de Arnoldo Alemán, Fabio Gadea, Enrique Quiñónez y Róger Guevara. A excepción del líder del Frente Sandinista, los cuatro restantes son demócratas con participación en la política desde aceras meramente cívicas. Sin embargo Gadea, quien representa una corriente liberal desprendida del PLC, lleva de compañero de fórmula a Mundo Jarquín, un planificador de la desastrosa economía estatista de los ochenta, enemigo en el pasado de cuanto oliera a antisandinismo, diplomático y diputado de Ortega cuando este fue presidente en su primer período, quien ahora en un giro sin precedentes dado su pasado de vaivenes políticos y cargado siempre de múltiples máscaras, pretende ser el vicepresidente de la República en una alianza compuesta en su mayoría por disidentes del liberalismo donde convergen algunos del PLI y del FSLN.
Esa candidatura, sin pie ni cabeza por la confluencia de exradicales del sandinismo y sectores liberales, representa una alianza que aún no cuaja en la mentalidad del votante, independientemente del respaldo mediático y la picaresca radial de don Fabio, la cual contrasta con su omisiones perennes que lo invalida para llegar a gobernar y quien jamás aceptó medirse en unas primarias vigiladas por él, para elegir dentro del liberalismo a un solo candidato, como lo propuso el propio Arnoldo y como en la aritmética que las encuestas demuestran unida ganaría la oposición. No cuaja pues no existen visos de renovación y modernidad en un candidato de edad, aun cuando esta no es limitante para una persona que aspira a un cargo público, sino porque su trayectoria partidaria está íntimamente ligada a la casilla 1 del PLC, del cual ahora reniega y en donde compartió privilegios y desaciertos.
Y en cuanto a Jarquín, por mucho arrastre verbal y sentido de complacencia social, su pasado lo ubica en la acera del totalitarismo y el oportunismo político al igual que los otros candidatos de su tendencia enlistados en dicha alianza. No se trata de purgas ni proscripciones, como ya una vez se autojustificó la comandante guerrillera Mónica Baltodano ante críticas a ella y a su movimiento, sino de que políticos vinculados a procesos degradantes como una guerra enfoquen sus experiencias en la forja de nuevos liderazgos a lo interno de sus partidos. Los consejos de Joaquín Villalobos siguen en pie para Ortega; y esta vez también para Mundo.
El autor es escritor y periodista.
Ver en la versión impresa las páginas: 8 A