Es bien real, evidente y completamente objetivo, en base a las publicaciones de los medios informativos, que en el doloroso caso del asesinato del reverendo Marlon Pupiro, se tiene la impresión de que el crimen fue planeado con mucha estrategia y que Yasker Blandón no ha confesado la verdad de esta trama dolorosa y repugnante, que deja sin duda alguna un mensaje que con macabro final. Es lo que estimo, un misterio un cautiverio.
Detectives profesionales siempre han señalado que el menor detalle no analizado ni revisado puede resultar una pérdida valiosa para el esclarecimiento de gravosos actos delictivos. Y, es elemental, partir con talento y buena fe para recorrer la ruta que ha señalado Blandón, comenzando el 19 de agosto de este año con la llamada que se hizo al padre Pupiro en la iglesia donde oficiaba, situada en La Concepción, del municipio de Masaya.
Al fin, no existe, a mi juicio, en lo investigado parcialmente, cómo y de dónde se hizo la llamada que resultó “la trampa mortal”.
No hay pesquisa de cómo obtuvo Yasker las pastillas “dormilonas” que deben obtenerse con orden médica; tampoco se conoce o se tiene ocultado el tiempo que estuvo el citado párroco Pupiro en La Borgoña, a la vez que se desconoce registro de la factura de pago de las cervezas que se supone consumió el sacerdote ; y lo más grave y muy insólito, es que Blandón, ya con Pupiro, ultimado, pudo entrar a un motel y en menos de diez minutos robarse un colchón y mantas que le sirvieron para llevar el cadáver del padre Pupiro a su destino final.
Esto manifiesta profundos vacíos que hacen más misterioso el asesinato. A mi entender, la gente de La Borgoña, comenzando por su propietario —que dijo paladinamente que nunca estuvo detenido por la Policía de Managua, pero que sí estuvo en las oficinas de dicha Policía por varios días “colaborando” en lo que estimó pertinente en las investigaciones— deben ser interrogados con mucha inteligencia y firmeza.
Sería conveniente que el doctor Fletes, acusador particular de Blandón, solicite al judicial encargado de la causa, audiencia especial para que Blandón de un solo impulso levante a persona alguna presente, con un peso calculado de más de 200 libras.
Así expreso mi parecer como estudioso cotidiano del Derecho Penal.
Insisto y ratifico, dado el seguimiento que me ha ocupado este asesinato, que debe la Policía presentar las declaraciones de los empleados de La Borgoña a la cabeza, las brindadas por su propietario en plan de “colaboración”.
Devoto a tiempo completo de una justicia con alergia a contubernios y manipulaciones, me sumo como cristiano, brindando mi total solidaridad y como jurista, —con mucho aval en el ejercicio del Derecho Penal— a la Conferencia Episcopal que insiste y debe insistir en que se aclare en definitiva cómo, cuándo y dónde recibió Yasker los detalles de ejecución del padre Pupiro.
El autor es jurista y exmagistrado
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