Todavía hay muchos ciudadanos que desconocen —o pretenden minimizar— el punto crucial de las elecciones del próximo 6 de noviembre.
Aunque parezca redundante, dentro de poco más de un mes se decidirá (por las buenas o las malas) si el Estado nicaragüense sigue su accidentado camino democrático o si de una vez por todas regresa de lleno a los cauces autoritarios, dictatoriales y finalmente totalitarios.
En el mes de noviembre entrante quedará decidido si la nación progresa hacia un futuro seguro dentro de la modernidad o si “avanza hacia atrás” en la historia rumbo al oscurantismo que significaría regimentar a la sociedad bajo el nuevo yugo del “somocismo del siglo XXI”.
Uno de los obstáculos radica en que un buen segmento de la población aún responde a los criterios que cuando se habla de gobernante o candidato a gobernar o del líder político, de inmediato se piensa en el rey, en el conquistador, el colonizador que está por encima de la ley, que hace y deshace a su antojo y capricho. Este sector ciudadano tiene en mente al hombre fuerte que no para mientes en los derechos de los demás porque se siente con poder omnímodo.
Esta realidad significa que hace falta mucho esfuerzo, educación y voluntad política para poder erradicar ese concepto de liderazgo en una sociedad como la nicaragüense.
Hace falta tanto para que la población esté convencida de que una democracia moderna no depende del criterio ni la decisión arbitraria de una persona ni de un grupo de personas. Hace falta la asimilación de un estilo de gobierno descentralizado, con verdaderos pesos y contrapesos, a fin de encarar los retos del siglo XXI, sin ideas, ni ilusiones, ni propósitos de siglos anteriores.
No se puede seguir dependiendo de la voluntad dictatorial de un individuo, una familia o un grupúsculo. Es incomprensible (por no decir trágico) que alguien pueda concebir como revolucionaria una actitud y decisión de permanecer estancado en el viaje de retorno a sistemas políticos, económicos, sociales y culturales desfasados y descartados por la Historia.
En esta encrucijada, el problema es que por una parte el presidente actual —y a la vez candidato a presidente de la República— cuenta con todos los recursos que proporciona el Estado, mientras que la bendita oposición, además de no contar con muchos recursos (ahora son los proletarios, en este sentido), no disponen de un mensaje unificado que convenza a la mayoría del pueblo, ni tampoco presenta una figura que inspire suficiente confianza abrumadora ni nada que suscite una esperanza que arrastre hasta el desborde.
A pesar de todo esto y de la ristra de anomalías y abusos del Consejo Supremo Electoral, existe la solución sencilla que todavía puede —y debe— salvar esta situación de incertidumbre y aprensión, cual es la sabiduría y determinación de todo un pueblo que a última hora puede cantarle el réquiem al candidato inconstitucional, ilegal, ilegítimo e inexistente del gobierno.
De eso no cabe ninguna duda, siempre y cuando los políticos de oposición, la sociedad civil organizada y cada uno de los ciudadanos voten por el candidato opositor que ofrezca mayores posibilidades de triunfo y que defiendan su voto a ultranza. ¡Así sea! El autor fue sindicalista cristiano.
En esta encrucijada, el problema es que por una parte el presidente actual cuenta con todos los recursos que proporciona el Estado, mientras que la bendita oposición, además de no contar con muchos recursos, no dispone de un mensaje unificado que convenza a la mayoría del pueblo.
Ver en la versión impresa las páginas: 8 A