Por Edgard Rodríguez C.
¿Quién en los años ochenta no se sintió impactado por el fuego de Adolfo Álvarez, la picardía de Diego Ráudez, la irrupción de Epifanio Pérez y la sabiduría de Luis Cano? Ellos fueron ellos los lanzadores de mayor trascendencia en esa década, en las que algunos astros del decenio anterior, habían entrado en declive y otros se habían retirado.
Pero en esta etapa de receso, le ha sido difícil encontrar un trabajo y sus problemas renales se han agudizado. Afirma que buscó trabajo en la Alcaldía de León y se le dijo que lo único que había para él era como barredor de las calles.
”Sé que me he equivocado muchas veces, pero todos merecemos una oportunidad. Yo espero que me echen una mano”, aseguró.
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Sin embargo, el mejor en aquel momento fue Julio Moya, el veloz tirador leonés, quien además de convertirse en la tajona a nivel local, mostró su calidad en todos los escenarios donde se presentó con la selección nacional, para establecer diferencias claras respecto a los demás, que no tuvieron de otra que seguir por las huellas que él trazaba.
Además de establecer el récord de mejor efectividad en Primera División con 0.14, por solo dos carreras limpias en 128 entradas y balance de 12-2 en 1984, Moya había registrado 21-3 y 1.83, con nueve blanqueadas y 20 juegos completos en 1983. Y antes, en 1982, en su regreso de una suspensión de dos años, había logrado 7-2 y 1.47 con León.
Y cuando fue a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984, salvó el honor con aquella dramática victoria 4-3 sobre Canadá, en una jornada completa, adornada por el sensacional jonrón de Arnoldo Muñoz. Y en el Mundial de Cuba, impactó al registrar marca de 4-0, un récord, y entre sus víctimas estuvo Japón, al que nunca habíamos vencido.
Pues este hombre está afectado de salud, y como pasa con la mayoría de atletas nicas, tiene dificultades para recibir la atención adecuada. Moya ha tocado puertas y, de acuerdo a lo que dijo a LA PRENSA, no ha tenido éxito, aunque ayer se indicó que el Gobierno del presidente Daniel Ortega tomará cartas en el asunto.
“No creás que no me da pena estar en esta situación. Yo mismo sé que me equivoqué al no cuidarme de la forma correcta, pero es que cuando es joven cree que el brazo es de hierro y durará toda la vida, pero también sé que di algunas emociones al país y ojalá no se hayan olvidado de eso”, dijo Moya, ahora de 55 años de edad.
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