Por Mario Sandoval
Esta es la pregunta que San Pedro hace al Señor Jesús en Mt. 18, 21-35, de la cual el Maestro da una respuesta muy simple, pero difícil. Siempre.
La existencia humana nos presenta un problema: de frente a las ofensas y las afrentas recibidas, el hombre suele reaccionar de modo violento y tiende a alimentar no pocos sentimientos de venganza, de revancha, dejando correr su ira e indignación. La sagrada escritura se opone de modo radical a este proceder, la “ira” es algo “abominable”, propia de pecadores.
Es necesario, de modo imperativo, perdonar siempre y de todo, porque delante de Dios nosotros mismos hemos sido perdonados. El mundo está verdaderamente sediento de perdón. La escena internacional nos muestra claramente que el camino de la venganza y del odio suicida conduce a un callejón sin salida, a una espiral de violencia y de muerte.
Parece que el hombre, con estas actitudes, declara la guerra a la paz. Solo el perdón puede apagar la sed de venganza y abrir el corazón a una reconciliación auténtica y duradera entre los pueblos. San Pablo en la carta a los Romanos nos dice: “en vida y en muerte pertenecemos al Señor”.
Es decir, todo el acontecer humano se debe valorar en función de nuestra pertenencia a Cristo. Solo es posible entender la verdad sobre el hombre a la luz del verbo encarnado, porque Dios ha elevado al hombre a la participación de la naturaleza divina. En cierto sentido ya no nos pertenecemos (Cf. 1 Cor 6,19). Nos debemos al amor que es más grande que todos nuestros pecados. Aprender a perdonar, perdonando.
El papa Juan Pablo II nos dice: “En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado.
Se trata pues de una decisión personal que debemos cultivar en nuestra vida doméstica primeramente. En efecto, en el ámbito restringido de la familia, donde los contactos humanos son más frecuentes y más intensos, es donde especialmente debemos perdonar las ofensas recibidas. Que no se ponga el sol sobre un hogar cristiano, sin que una palabra de perdón venga a suavizar y a borrar los malentendidos y los malos momentos de alguno de los miembros. Perdón entre los esposos. Perdón entre padres e hijos. Perdón entre hermanos. ¡Qué hermoso y qué bello es vivir los hermanos en la unidad! El perdón puede y debe aplicarse también en el ámbito social y profesional. Debe aplicarse en las relaciones sociales, en los grupos de amigos y en el círculo familiar ampliado. ¡Cuántas penas se podrían evitar si el perdón fuera un hábito en nuestro comportamiento! Hay quienes piensan que nada es pecado, que pueden hacer lo que se les venga en ganas y por esto se privan de la misericordia de Dios; hay quienes ven lo malo en las acciones de las demás personas pero no cuando ellos realizan las mismas acciones. Por esto es necesario que a la luz de la Palabra de Dios, de los valores éticos y morales vayamos trabajando por formar la conciencia de los hombres y de los pueblos, poniendo como bases necesarias el amor y el perdón. El autor es sacerdote y director de Cáritas de Nicaragua
El mundo está verdaderamente sediento de perdón. Por eso es necesario que a la luz de la Palabra de Dios, de los valores éticos y morales vayamos trabajando por formar la conciencia de los hombres y de los pueblos, poniendo como bases necesarias el amor y el perdón.
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