Los instrumentos de la modernidad ponen nuevos matices en el rostro de LA PRENSA (“cada rostro tiene su historia”) y el suyo es de penetrante tradición. Pero ello no impide que se rejuvenezca.
El rotativo forjado en el recinto de la impresión por las manos del hombre y el talento de la imaginación tiene también silueta, perfil, cuerpo. Por ser periódico no dejará de tener nunca sed estética. Reta incluso al tiempo. Antes era vespertino. No había tarde sin LA PRENSA. Ahora es matutino y no hay alborada de primicias sin sus páginas. En ambos casos ha creado hábito.
El rediseño conserva su clásico y ancestral logotipo, baña a las pupilas de un grato colorido. En sus ángulos brilla la fotografía en una sesión dialogante, participativa y en la cual además se ve más y se lee menos, porque la letrilla adelgaza, el “pie de foto” le da más oportunidad de captación a la foto misma, de tal manera que, como si fuera un experimento de televisión en página escrita, el leyente es vidente. Una conjunción mancomunada de expresión que anima a detenerse en el hecho buscado en el ámbito que le corresponde. En cada página hay una opción para la pluralidad anímica de sentir el ambiente del barrio con su escandalosa o pasiva conducta como lo promueva el día a día. La “crónica roja” expuesta sin el rojo de la sangre sobre la carcoma, pero así como hay ámbito para ese tipo de curiosidad lo hay también para que se tenga el pulso de la realidad política a través de todo lo que pueda surgir de los poderes y de los cuales, llegar a ellos produce tanta incidencia expresada, y pasando las páginas hay lugar no solo para informarse sino para entretenerse masticando y leyendo los sabores de la cocina, del buen humor, de la caricatura, una manera de evadir las callosidades con la explosión de una carcajada.
En su vecindario, letrado por el aporte de los colaboradores, suenan las voces presididas por el criterio del periódico: su editorial, rodeado por la diversidad de criterios, la demostración más evidente de que ahí hay libertad para expresarse.
Y más allá en el camino van saliendo tantas rutas por donde es atractiva la andadura, el deporte, la moda, la vida expuesta con sus formas de primavera, la ciencia, la literatura. Aquí se me vino encima una anticipada melancolía: quedaron cerradas las puertas de la Universidad de Bolsillo de Pablo Antonio Cuadra. Recordé que el 30 de junio del 2011, ingrese a esa heredad cultural escribiendo sobre música. La mía —lo confieso— es una tristeza que ciertamente personal es compartida por otros discernimientos. Soy de los que piensa en la fiesta constructiva del optimismo que las puertas del tabloide se abrirán de nuevo aunque prevalezca el nuevo estilo de una página cotidiana, atenta con los acontecimientos de la vida formativa, con un rumbo menos expansivo para las diversas artes.
Y no sigo en el recorrido de las atracciones incorporadas, a propósito de insertarse en la posmodernidad, porque el editor de la página de opinión, el amigo de tiempos hace, Luis Sánchez Sancho me ha dicho que con motivo del nuevo formato mi techo, como el de muchos colaboradores, se ha reducido a 560 palabras. Por tanto, inequívocamente medidas, concluyo. El autor es periodista
El rediseño de LA PRENSA, conserva su clásico y ancestral logotipo, baña a las pupilas de un grato colorido. En cada página hay una opción para la pluralidad anímica de sentir el ambiente del barrio con su escandalosa o pasiva conducta
Ver en la versión impresa las páginas: 8 A