Bernard Henry-Levy, maestro, periodista, filósofo y escritor, es uno de los más prominentes e influyentes intelectuales franceses de la actualidad.
Como la mayor parte de los intelectuales de Francia, Henry-Levy perteneció a la izquierda pero sus contradicciones con los dogmas izquierdistas y sus decepciones con la fracasada utopía socialista del siglo pasado, lo llevaron a asumir un claro y firme compromiso con la libertad y la democracia. Como anota uno de sus biógrafos, Henry-Levy es ante todo un combatiente por la dignidad del ser humano. Precisamente por ese compromiso, Henry-Levy ha sido un gran promotor del apoyo de Francia y Europa a los rebeldes libios, que han luchado heroicamente por la libertad y siguen combatiendo contra los restos de fuerzas leales a Muamar Gadafi, integradas por mercenarios y fanáticos asesinos.
En relación con quienes han detractado a los rebeldes libios y defendido a Gadafi con cualquier clase de sofismas, como la perversa concepción de soberanía “según la cual todos los crímenes son lícitos porque son cometidos al interior de las fronteras de determinado Estado”, Bernard Henry-Levy ha dicho lo siguiente: Una vez más hemos asistido al enfrentamiento de dos grandes partidos, tan viejos como la política. De un lado, la eterna familia, no tanto de los enemigos de los pueblos, o de los amigos de los déspotas, sino más bien de quienes están petrificados por el poder y fascinados por la tiranía; la eterna familia, sí, de quienes no se atreven siquiera a imaginar, y subrayo imaginar, que el orden de una dictadura sea transitorio, efímero como todos los órdenes humanos, si no más. Por el otro lado, el inmenso partido de quienes no han perdido la capacidad de juicio por esa extraña fascinación, esa parálisis del alma como la infligida por la Gorgona o el Monstruo Frío, y que son capaces de concebir, aunque solo sea concebir, la idea de que las dictaduras se mantienen en pie solo gracias a la reputación de la que gozan, o sea gracias al miedo que despiertan entre sus súbditos y el respeto que inspiran en el resto del mundo; concebir que cuando esa reputación decae, desvaneciéndose como un encantamiento o un espejismo, las dictaduras caen como castillos de arena o se convierten en monstruos de cartón pintado”.
En realidad, lo dicho por Bernard Henry-Levy es una lección que se ha repetido a lo largo de la historia y que no entienden aquellos que por la soberbia del poder, se solidarizan con el sanguinario tirano derrocado, como lo han hecho aquí Daniel Ortega y sus diputados.
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