En gran parte del mundo y sobre todo en el hemisferio occidental, los derechos humanos se consideran parte inherente a la persona. De hecho, uno de los atributos del ciudadano es la posesión de esos derechos, entre los más nombrados: derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad jurídica, a la libertad de expresión, a la igualdad de derechos sin importar sexo, religión o grupo étnico al que se pertenezca.
Si bien los derechos le corresponden a cada ser humano por su condición como tal, no son un regalo, sino producto de una conquista. Hoy, millones de personas podemos gozar de éstos gracias a grupos de ciudadanos con aspiraciones elevadas que nos antecedieron, quienes trabajaron y en ocasiones hasta dieron la vida, para que estos derechos sean hoy en día reconocidos.
Trabajando en Un Techo para mi País, los voluntarios tenemos la oportunidad de relacionarnos codo a codo con las familias de los asentamientos marginales de nuestros países. Ahí, uno comprende que la situación de pobreza implica no sólo tener un ingreso por debajo de una cantidad determinada, sino muchas otras cosas más. Una de las que más sorprende es ver cómo situaciones que para muchos de nosotros resultan cotidianas son, para la mayoría de estas comunidades, una utopía. Lamentablemente ya no nos sorprende ver que miles de familias caminen kilómetros para conseguir agua, que consuman la que tengan disponible —muchas veces con condiciones de higiene deficientes— , que no cuenten con redes de luz, alcantarillado u otros servicios básicos.
La falta de estos servicios también es una violación expresa a los derechos humanos, porque atentan directamente a la dignidad del ser humano. En esta realidad de miseria alarmante sobrevive más de la mitad de la población centroamericana y lo más absurdo es que esto ocurre en un momento de la historia en que las condiciones humanas mejoraron más que en cualquier otro siglo.
La vigencia de esos derechos es lo que garantiza la convivencia de cualquier pueblo y el bienestar de una nación, y no pueden estar desarticulados de la calidad de vida de sus habitantes. Solo a través del respeto de los derechos humanos se puede trabajar para su consolidación, mejoramiento y promoción y sobre todo, para seguir luchando por su ampliación a poblaciones excluidas, de manera que generaciones futuras puedan gozar de ese legado.
En el caso de estos servicios básicos es necesaria la intervención del Estado para su prestación. Pero lejos de quitar responsabilidad a la ciudadanía en general con lo dicho anteriormente, nos da la corresponsabilidad de participar activamente en la construcción de una sociedad de iguales, y esto incluye no solo conocer y comprender los problemas sino, a partir de ello, generar una opinión propia. Significa, además, participar de forma responsable en los asuntos tanto de nuestra comunidad como de las aquellas que están excluidas. Esa es nuestra propuesta desde Un Techo para mi País: conocer la realidad de nuestro país, los problemas que afrontamos y juntos tomar el desafío de hacer de la región centroamericana y todo el continente un lugar donde el ejercicio de los derechos humanos no sea un concepto vacío quebrado por la injusticia, la pobreza y la desigualdad.
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