Analistas influyentes como el británico-norteamericano Roger Cohen, columnista del International Herald Tribune y The New York Times, opinan que ante el grave desajuste económico actual que afecta a los países altamente desarrollados y de manera colateral golpea la economía de todo el mundo, hay que mirar hacia Alemania, el país que mejor está lidiando con la crisis y por eso lidera la búsqueda de las soluciones más adecuadas.
Pero no solo ahora es útil mirar hacia Alemania. Siempre lo ha sido porque Alemania ha estado una y otra vez en el centro de los acontecimientos de mayor significación internacional. Precisamente esta semana Alemania ha conmemorado el cincuenta aniversario de un hecho que tuvo repercusión universal, como fue la construcción del Muro de Berlín por parte del régimen comunista que dominaba la parte este de ese país, para evitar que la gente se escapara hacia la libertad, la democracia y la prosperidad que se construía en Alemania Occidental.
El muro fue erigido súbitamente el 13 de agosto de 1961, por obreros de la construcción y miembros del Ejército Nacional Popular de la República Democrática Alemana, como se llamaba oficialmente el Estado comunista. Tenía tres metros de altura y una extensión de 1,260 kilómetros de largo. El propósito del régimen comunista era impedir la fuga masiva de técnicos, administradores, profesionales y enfermeras, que querían huir del régimen comunista opresivo y establecerse en el oeste capitalista y libre. Según informaciones de la época, solo en los dos meses anteriores habían huido 40 mil personas de ambos sexos y diversas edades, que se sentían sin futuro y sus derechos no eran respetados.
Durante los 28 años que el muro permaneció en pie, provisto de 300 puestos y torres de vigilancia con nidos de ametralladoras, muchos fugitivos fueron cazados como conejos. Se estiman en 220 los asesinados a balazos en el fatídico muro y más de cuarenta mil los capturados y enviados a la cárcel. Los recursos que usaba la gente para fugarse eran espectaculares. Algunos utilizaban globos, otros perforaban túneles que pasaban por debajo de la muralla, nadaban en el mar Báltico o en el río Spree, que cruza Berlín.
Antes de la construcción del muro de la infamia, el régimen de Alemania comunista había bloqueado Berlín Oeste para impedir la llegada de alimentos y otros recursos. Fue entonces que el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, ordenó que una flotilla de aviones militares aprovisionara a través de un puente aéreo a los sitiados berlineses occidentales. Aquella operación estratégica se realizó a riesgo de desencadenar un incidente bélico de gran magnitud. Sin embargo, los ocupantes soviéticos —que eran los verdaderos gobernantes de Alemania Oriental— no se atrevieron a enfrentar a Estados Unidos. Poco después Kennedy llegó a Berlín Oeste para asegurar a los berlineses, y a los alemanes en general, que siempre contarían con el apoyo de EE. UU. y de todo el mundo libre. Quedó para la historia la frase que usó Kennedy para terminar su discurso ante la Puerta de Brandeburgo, el centro de Berlín, por donde pasaba el muro de la vergüenza: “Ich bin ein Berliner” (yo soy un berlinés), proclamó Kennedy, conmoviendo a Berlín, a Alemania y a todo el mundo, porque aquel muro era el símbolo del totalitarismo comunista mundial.
Por eso mismo la caída del Muro de Berlín significó la derrota estratégica del sistema comunista mundial. El pueblo de Alemania Oriental obligó a que se abrieran los pasos por el muro y miles de personas comenzaron a cruzar hacia el oeste. Cuando las autoridades comunistas comprobaron la huida de más de cincuenta mil personas en pocos días, pretendieron clausurar el libre tráfico, pero ya era demasiado tarde. La Unión Soviética ya no podía, ni quería seguir sosteniendo a los regímenes comunistas en el extranjero. El líder reformista Mijaíl Gorbachov había asumido el mando en la URSS y su política de perestroika y glásnost significaba un drástico cambio de rumbo, reforzado por los acuerdos de Reikiavic con el presidente estadounidense Ronald Reagan, para terminar la guerra fría.
Con la caída del muro de Berlín, derribado por el pueblo el 9 de noviembre de 1989, se derrumbó una utopía mesiánica que sacrificó decenas de millones de vidas en Europa, la cual, desgraciadamente, sigue oprimiendo aún a numerosos pueblos de Asia, África y América Latina.
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