La campaña electoral de este año, que comenzará oficialmente el próximo 20 de agosto corriente, de previo ha sido pervertida por múltiples arbitrariedades, flagrantes ilegalidades, violaciones constitucionales y groseros abusos políticos oficialistas. Debido a eso, en las vísperas de la campaña electoral han estado ocurriendo amenazas y conatos de violencia en diversas partes del territorio nacional.
Es cierto que en Nicaragua las campañas electorales nunca han sido completamente apacibles. Aquí las elecciones no son como en países mucho más democráticos, el vecino Costa Rica por ejemplo, donde los ticos se enorgullecen de que sus campañas electorales son carnavales de civismo. Desde los años 30 hasta los 70 del siglo pasado, la dictadura polarizó a la sociedad llevándola al extremo del odio y la intolerancia absoluta, entre el somocismo y el antisomocismo. Después, el autoritarismo sandinista polarizó nuevamente al país y condujo a la intolerancia excluyente entre el antisandinismo y el sandinismo, ahora degradado en orteguismo. Eso determinó que desde 1936 hasta 1990, las elecciones en Nicaragua fueran ensombrecidas por el abuso del poder gubernamental, por el temor de la ciudadanía y por la violencia atizada desde arriba y respondida desde abajo.
Ahora, el principal signo negativo de la campaña electoral que de hecho ya está en marcha, es el empeño de Daniel Ortega en reelegirse de manera ilegal e ilegítima, violando la Constitución, desvirtuando las instituciones, desmontando el Estado de Derecho y atropellando hasta el derecho de los ciudadanos a la cédula de identificación. De manera que esta campaña electoral se parece cada vez más a las de la época somocista y a la sandinista de 1984.
Las elecciones de noviembre de 1984 se realizaron cuando los comandantes del FSLN estaban o se sentían en la plenitud de su poder y tenían detrás toda la fuerza militar y material de la Unión Soviética y demás países de la órbita comunista. En aquella ocasión el Frente Sandinista realizó las elecciones solo por guardar las apariencias, después de cinco años de proclamar hasta la saciedad las consignas de que “en la revolución no se rifa el poder político”, “el poder que se conquista con las armas no se arriesga en las urnas”, y que “el pueblo ya votó para siempre” cuando derrocó a la dictadura somocista.
De manera que las elecciones de 1984 fueron una farsa muy parecida a las que montaba el somocismo. El FSLN se asignó de previo una abrumadora mayoría de votos y de los cargos a elegir, a la oposición colaboracionista le asignó una modesta cuota de votos y curules en la Asamblea Nacional, mientras que la oposición antisistema que estaba organizada en la Coordinadora Democrática Nicaragüense, fue obligada a retirarse de la contienda mediante la violencia estatal y los ataques de turbas, aparte de que esta oposición política creía más en la posibilidad de que la dictadura sandinista fuera derrocada por la guerra de la Contra.
En 1990, el FSLN y Daniel Ortega fueron obligados por la comunidad internacional, por el derrumbe del sistema comunista, por la crisis económica, por el acoso de la guerra de la contra y el crecimiento de la oposición civil, a aceptar la realización de elecciones libres, vigiladas internacionalmente. Pero tampoco escatimaron abusos gubernamentales y agresiones contra la oposición, a fin de amedrentarla y debilitarla. Sin embargo la gente confió en el voto secreto y en la observación internacional y fue masivamente a las urnas electorales para derrotar a la dictadura.
Ahora Ortega y el FSLN tratan de repetir en parte los escenarios electorales de 1984 y 1990, con variantes de forma pero con el mismo contenido y propósito. Ortega y el FSLN no aprenden ni quieren aprender las lecciones de la historia, la cual ha demostrado de manera convincente que no se puede avasallar al pueblo todo el tiempo, y que quienes con sus palabras y sus hechos provocan y practican la violencia siempre terminan arrastrados por la misma vorágine que ellos causaron de manera insensata.
¿Acaso no fue eso lo que ocurrió en 1979 y en la guerra civil de los años ochenta? ¿Y no es eso lo que auguran los hechos de violencia que ya están ocurriendo en diversos lugares del país, provocados por el abuso, la arbitrariedad y la arrogancia de la camarilla gobernante?
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