(Yo) Era moderna

Una mañana de septiembre del 2006, mi hermana menor que entonces tenía cuatro años de edad, se encontró una lentejuela en el piso del cuarto de mi mamá. Ella nunca había visto una, pero creyó deducir rápidamente de qué se trataba lo que acababa de descubrir. “¡Ay! Mirá: Es un CD chiquitito”, me dijo, mientras sostenía la lentejuela en la punta de uno de sus deditos.


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Por Arlen Cerda.-
Una mañana de septiembre del 2006, mi hermana menor que entonces tenía cuatro años de edad, se encontró una lentejuela en el piso del cuarto de mi mamá. Ella nunca había visto una, pero creyó deducir rápidamente de qué se trataba lo que acababa de descubrir. “¡Ay! Mirá: Es un CD chiquitito”, me dijo, mientras sostenía la lentejuela en la punta de uno de sus deditos.

Veintitrés años atrás, cuando yo tenía esa edad, sí conocía las lentejuelas, pero no tenía la más mínima idea de qué sería un CD.

Mi primer encuentro con la “tecnología”, ocurrió a los ocho años de edad, cuando en el armario de mi abuela encontré una máquina de escribir “portátil”, que pesaba unas treinta libras y realmente no podía cargar a ningún lado.

Otro día, Emelina —como se llama mi hermana menor—, se halló una vieja cámara fotográfica, que pasó su vida útil rebobinando rollos de 35 mm y jamás conoció los píxeles.

La cámara iba directo a la basura, pero a ella le llamó la atención. “¡Un radio!”, exclamó tras su nuevo descubrimiento. Y no hubo manera de convencerla que se trataba de un objeto para tomar fotos, porque buscó y buscó y no encontró la pantalla para ver las fotografías que tomó. Sin música y sin imágenes, ella misma la botó.

Según los “antropólogos vanguardistas”, mi hermanita, que el próximo mes cumplirá nueve años, pertenece a algo que ellos han bautizado como la “generación ‘z’ o digital”. Jóvenes y niños nacidos luego de 1995 y antes del 2004, que son “tecnológicamente muy conectados”.

Para ella ni las computadoras, el internet o los teléfonos celulares son grandes inventos que han revolucionado a la humanidad; sino instrumentos que siempre han estado ahí, tal como a mí me lo parecían el radio y el televisor blanco y negro en la casa donde me criaron mi abuela y mi mamá.

Antes de aprender a escribir, Emelina ya sabía decir “puerto USB”. Pero le suenan a clases de historia las definiciones de casete, grabadora, cinta de VHS, rollo fotográfico o disquete.

Ella, cada vez que entra a mi antiguo cuarto —donde solo quedan libros y cajas viejas—, me revuelve todos los diccionarios, pero para saber cómo se escribe o qué significa una palabra me pide que se lo escriba en la computadora.

También cree que trato de engañarla cuando le cuento que mi primer celular lo compré cuando tenía 18 años y que con él no podía enviar mensajes de texto, escuchar música ni hacer fotografías. Y, ni siquiera mi nuevo Touch le sorprende, “porque no tiene televisión satelital ni Wi-fi”.

Es duro enterarse de que por estos días uno ya no es el moderno. A la edad de Emelina, yo me sentía lo máximo con mi cámara instantánea Polaroid, que ahora a ella le parece un objeto sin sentido, porque no concibe que las fotos se tengan que imprimir para poder verlas.

Hasta hace poco yo creía que pertenecía a esa “generación digital”. A menudo aún recuerdo con mis amigos sobre cómo pasamos de ver la televisión en blanco y negro y cambiar los canales girando una rosca al lado del televisor, a disfrutar de los dibujos animados a color y usar el control remoto, sin el cual la televisión ya no es la misma.

Creía que todos los de mi generación, bautizada como “x”, estábamos al día, porque aunque crecimos jugando Doña Ana, Nerón-Nerón, volando palometas, saltando la cuerda o rodando canicas; buena parte del grupo también era campeón de Mario Bross en el Nintendo y ahora juegan con Playstations, XBOX o Wii.

Pero yo estaba equivocada. La mía —dicen los antropólogos— “es la generación que ha vivido de todo, pero no es nativamente digital”. Ni tampoco —como más temprano que tarde le pasará a Emelina y sus contemporáneos— es la generación moderna en la actualidad.

Periodista

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