La pequeña Katherine está inquieta. Sentada en el tronco de un árbol caído ve pasar gente de un lado a otro con herramientas, paneles y vigas de madera. Están construyendo su casa.
“No me voy a mojar en la noche, voy a dormir con mi mama, ahí en mi casita”, dice a como puede Katherine Gutiérrez Tinoco, quien aprovecha la única hora de descanso de la construcción para corretear descalza junto a sus hermanos en el interior de su nuevo hogar.
Con casi tres años, ella es la penúltima de los seis hijos de María Antonia Tinoco.
María Antonia es ama de casa y su esposo, Jairo Gutiérrez, es guarda de seguridad.
Este sábado la Junta Directiva de la Cámara de Comercio Americana de Nicaragua, AmCham, se unió a los jóvenes de Un Techo para mi País en la construcción de dos viviendas de emergencia en el barrio Laureles Sur para mejorar la calidad de vida de dos familias.
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El doctor Yalí Molina, presidente de AmCham, encabezó las construcciones en las que se integraron familiares de la directiva, voluntarios y los beneficiarios de este proyecto de construcciones empresariales.
“En principio decidimos apoyar por que nos parece una maravillosa labor la que realizan estos jóvenes al involucrarse y asumir una de las problemáticas que acarrea la pobreza en el país”, comenta Yalí Molina.
“Lo hemos disfrutado mucho, es una gran experiencia y estamos agradecidos con estos jóvenes que nos dan la oportunidad de conocer esta realidad nicaragüense. Esto es un buen ejercicio para tener una dimensión no sólo del problema, sino de las necesidades y en lo que debemos apoyar a este proyecto. Además del dinero para las casas se necesitan más y mejores herramientas para optimizar el trabajos de estos muchachos. Debemos seguir apoyando”.
Además de donar los tres mil dólares, costo total a de las dos viviendas, un equipo de 5 miembros de la junta directiva y su familia trabajaron hombro a hombro en la construcción de ambas casas.
UN TECHO QUE CAMBIA VIDAS
Hasta ayer, los ocho miembros de la familia de María Antonia Tinoco tenían que acomodarse en un espacio de cinco metros de ancho por tres de largo. En una sola habitación y en tres camas todos debían acomodarse para dormir, eso si la lluvia los dejaba, pues cada invierno la casita de piso de tierra se inundaba por todos lados. Las paredes de láminas de madera y zinc viejos y el techo de retazos de plásticos no podían contener las inclementes tormentas. Lodo, humedad y goteras. Hacinamiento, inseguridad y enfermedades.
“Agradezco a estos muchachos y a quienes comparten con nosotros para que vivamos mejor. Ya hoy voy a dormir más tranquila”, confía María Antonia Tinoco mientras amamanta a su bebé de seis meses.
“Nosotros estamos pendientes con ellos y también trabajamos en la construcción. Los niños se emocionan porque saben que les están haciendo su casa y se ponen a pasar herramientas, a jalar agua, uno cocina lo que ellos traen… es como una familia construyendo juntos”, comenta Tinoco entusiasmada por estrenar una casa más digna.
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