El doctor Carlos Cuadra Pasos, eminente jurista, historiador y político conservador nicaragüense del siglo XX, decía que los “imponderables” son aquellos sucesos imprevistos que cambian la situación hasta entonces asumida como estable. Tal es el caso de la inesperada grave dolencia que sufre Hugo Chávez, la cual impacta no solo a la cúpula de poder en Venezuela, sino a sus satélites del Alba, entre los cuales figuran los gobiernos de Cuba y Nicaragua que sobreviven económicamente o disponen de fondos gracias al subsidio que les brinda el dictador venezolano.
En el caso nicaragüense se trata de la considerable suma de mil quinientos millones de dólares que Daniel Ortega ha manejado discrecionalmente, aprovechándolos para financiar su inconstitucional pretensión reeleccionista, en vez de dedicarlos a préstamos bancarios a bajo interés para financiar la producción agrícola y ganadera, o la vivienda social, para lo cual emplea irregularmente las reservas estratégicas del INSS. En todo caso, el dinero proveniente del mercadeo interno del petróleo venezolano, que disfrutan Daniel Ortega y sus allegados, se presenta como ganancia de una empresa privada cuando la Asamblea Nacional de Venezuela lo cataloga como deuda del Estado nicaragüense.
Sin embargo, lo nuevo o “imponderable” es la grave enfermedad de Hugo Chávez, que a pesar de sorpresiva no pudo ser ocultada por mucho tiempo y el absceso pélvico del cuento oficialista original terminó siendo un tumor maligno. Pero aún así las autoridades chavistas ocultan el origen primario del tumor maligno, dejan en suspenso si es en la próstata o el colon donde radica el cáncer, lo que en cualquier caso obliga al presidente enfermo a recibir altas dosis tóxicas de quimioterapia de última generación, que deberán importar de Estados Unidos.
En cuanto a la fuerte dependencia de Nicaragua del apoyo económico de Venezuela, Daniel Ortega está repitiendo los errores del pasado. Al respecto cabe recordar que cuando el Partido Conservador fue gobernante, decidió depender indefinidamente de la protección de los Estados Unidos de Norteamérica para mantenerse en el poder. Y lo que sucedió fue que cuando el presidente John Calvin Coolidge dispuso retirar de Nicaragua a los marines, dejó a los conservadores sin sustentación y desprestigiados, cuando lo sano hubiera sido convivir con los liberales en base al respeto a la Constitución y las leyes, y respetar el principio de la alternancia en el poder, pero no quisieron hacerlo así.
Lo mismo aconteció con la dictadura de los Somoza, que durante casi medio siglo se mantuvo en el mando en gran parte protegida por Estados Unidos. Y cuando estos juzgaron que había llegado el momento de deshacerse de un aliado tan impopular y corrupto, Somoza fue dejado a su suerte junto con su Partido Liberal Nacionalista. Y de hecho lo mismo le ocurrió a la Contra, después de que Ronald Reagan se arregló con Mijaíl Gorbachov para poner fin a la Guerra Fría .
La razón de esas repetidas frustraciones radica en que los líderes políticos nicaragüenses no han querido o no han podido madurar para ponerse de acuerdo en convivir fundados en elecciones libres, honestas y eficientes, así como en la alternancia en el poder, el respeto a la Constitución y las leyes, y la vigencia plena de los derechos humanos y civiles. Al contrario, han buscado conquistar y detentar el poder a como sea, creyendo erróneamente que el país puede manejarse como jugando cartas en solitario o comprando a los adversarios.
La gravedad del proveedor presidente Hugo Chávez debería abrir los ojos de los gobernantes nicaragüenses para no seguir repitiendo la misma historia. Por su parte los líderes de la oposición, en vez de dedicarse exclusivamente a conseguir diputaciones deberían entender que solo la unidad y la lucha mediante la movilización popular, les hará capaces de controlar los abusos del poder. Si la oposición sigue como está, no tendrá ninguna influencia sobre los futuros escenarios políticos, como sucedió en 1956, cuando al desaparecer el dictador Somoza García la oposición fue incapaz de llenar el vacío y por lo consiguiente la dinastía gobernante se prolongó por 23 años más.
Por cierto que algo parecido podría sucederle también a la oposición democrática venezolana, si sigue jugando con diez precandidatos para enfrentarse a Chávez en los comicios del próximo año. El sistema democrático requiere de dos fuerzas equiparadas para funcionar, y tanto en Venezuela como en Nicaragua solo la unidad y el voto masivo de la oposición es lo que podrá derrotar a la dictadura y restaurar la democracia.
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