Con ese eslogan que en su origen tuvo inspiración democrática pero después fue mañosamente desvirtuado, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) de México permaneció en el poder durante siete décadas consecutivas.
No obstante, como es usual en política surgió un imponderable que terminó con el ciclo fraudulento del PRI. Eso ocurrió cuando, tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial que el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari escogió para remplazarlo fue Ernesto Zedillo. Y este, con espíritu democrático acometió la sorprendente tarea de modificar a fondo el sistema electoral mexicano, con el apoyo de los cuatro partidos políticos representados en el congreso federal.
Zedillo creó el Instituto Federal Electoral (IFE) en el cual se quitó el control de los partidos sobre los procesos electorales, que había producido corrupción e ineficiencia. Los miembros del IFE serían personalidades idóneas sin afiliación política y los representantes de los partidos solo serían testigos, con voz pero sin voto, en las deliberaciones y resoluciones de la institución.
Esa medida despertó confianza en todos los sectores que veían la posibilidad de conseguir estabilidad y justicia electoral. México logró superar la grave crisis financiera que sufría, gracias al préstamo masivo que le otorgó el gobierno estadounidense de Bill Clinton, lo cual echó las bases para incentivar la inversión externa y preparar a México para firmar el Tratado de Libre Comercio con EE. UU. Mencionamos esto para resaltar la importancia de realizar elecciones honestas y respetar las leyes, que abre amplias oportunidades y crea un clima de convivencia.
La reestructuración del sistema electoral mexicano permitió que la oposición ganara la siguiente elección, al ser elegido Vicente Fox, quien era el candidato del Partido de Acción Nacional (PAN) y de esa manera se inició la alternabilidad en el poder. Según los expertos, la ventaja del IFE, además de su despartidarización, es que funciona como un organismo descentralizado y como una instancia técnica del Estado, sin contaminación partidista. Además, el IFE tiene puertas abiertas a nacionales y extranjeros que deseen observar todos los pormenores de su funcionamiento y del proceso electoral en general.
La situación de Nicaragua es todo lo contrario. Mientras gobiernos responsables como los de México, Chile, Costa Rica y Perú se esmeran en crear confianza en sus instancias electorales, en Nicaragua el presidente Ortega insiste en polarizar a la ciudadanía proponiéndose para una reelección inconstitucional, valiéndose de triquiñuelas baratas como ha sido utilizar a la Corte Suprema de Justicia para violar la Carta Magna. En Nicaragua es un problema no resuelto, tener una institución que rija las elecciones sin que haya dudas de la honestidad de sus procedimientos.
Resulta ilustrativo recordar al respecto los diferentes trucos de los que se han valido los dictadores criollos para mantenerse en el poder. Por ejemplo, el general liberal José Santos Zelaya nunca fue electo por votación directa de los ciudadanos, sino por asambleas constituyentes que le permitieron quedarse en el poder por tres veces consecutivas. La dinastía Somoza fue más sofisticada, al lograr que el partido opositor de aquella época, el conservador, colaborara para legitimarla negociando cuatro pactos consecutivos, a cambio de una cuota congelada de puestos públicos en todos los poderes del Estado. Y cuando uno de los pactistas conservadores tomó en serio su papel e intentó rebelarse a Somoza, fue rápidamente defenestrado.
Actualmente el método para perpetuarse en el poder ya no es solo imponerse un periodo más, sino por tiempo indefinido. La intención es obtener la mayoría calificada que se necesita para reformar la Constitución y aprobar la reelección ilimitada, o convocar una asamblea constituyente, como ha sido usual en los dictadores.
Lo cierto es que el gobierno de Ortega ha tenido la ayuda incondicional de Hugo Chávez y cree que lo puede todo y por mucho tiempo. Lo cual es un craso error, porque el panorama de los próximos años está ensombrecido por nubarrones. Ortega, en vez de polarizar al país debería fomentar un clima de convivencia en base al respeto a la Constitución y la ley, pero eso no está en el código genético de un dictador.
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