“Hay una crisis económica aguda pero el alivio y la superación, insisto, no están fuera del sistema, sino dentro. Fuera solo quedan el error, la frustración y el abismo”. Así cierra Carlos Alberto Montaner (CAM) su artículo “Los antisistemas y la indignación estéril”. Desde el primer momento el título me pareció sugestivo y atrayente.
Siempre he sentido admiración por CAM por su lucha frontal contra la dictadura cubana y su defensa de las libertades. El Diario LA PRENSA me hizo compartir con él, el debate sobre las virtudes de la llamada Democracia Directa en contraposición con la Democracia Representativa, que ambos defendíamos.
En dicho artículo, CAM crítica a los jóvenes españoles que protestan, según ellos, contra: los políticos, los recortes en el Estado de Bienestar que reducen sus oportunidades y contra el capitalismo responsable de todos sus males. El argumento más importante para mí no fue que los jóvenes deben de luchar dentro del sistema, sino que es estéril indignarse.
Comparto muchas ideas con CAM, entre ellas, que solo las sociedades capitalistas avanzadas han creado un estado de bienestar que proteja a sus ciudadanos. Solo estas han logrado el progreso social, sin detrimento de las libertades, más bien las han ampliado. Que “un gobierno no puede permanentemente gastar más de lo que ingresa sin que, llegado cierto punto crítico, sobrevenga la catástrofe”. Que las sociedades exitosas ponen énfasis en la creación de empresas y en el reconocimiento social a los emprendedores.
Me distancio de CAM, cuando se alinea con el diagnóstico de la crisis de “ingobernabilidad” de los neoconservadores y neoliberales a finales de los ochenta y que el politólogo y sociólogo alemán Clauss Offe llamó teorías conservadoras de la crisis. Según Offe, ellos culpan de la crisis, en primer lugar, al aumento de las expectativas, obligaciones y responsabilidades que los grupos sociales en competencia someten al Estado y que este no puede cumplir. En segundo lugar, a la ineficiencia del Estado para asumir y dirigir las respuestas a estas expectativas y exigencias de los ciudadanos.
Lo peligroso de esta segunda interpretación es que muchos han vinculado la dicotomía, para mi falsa, de qué responsabilidad estatal implica sacrificio de libertades. Para resolver problemas sociales debo olvidarme de las preocupaciones ciudadanas. Es aquí, donde se juntan los extremos ideológicos del marxismo y el liberalismo. Es la justificación perfecta para el socialismo del siglo XXI.
No conozco en detalle las reivindicaciones de los jóvenes españoles. No obstante, conozco sus derechos a protestar en libertad, respetando a los demás. No es eso acaso lo que demandamos para Nicaragua. Si ellos sienten que el sistema y los políticos les han fallado es su obligación abrir el debate.
El Estado nicaragüense está saturado por las demandas ciudadanas, pero porque nunca ha cumplido ningún papel social digno de mencionarse. No es la excesiva demanda lo que mantiene en crisis al Estado nicaragüense, sino su falta de roles mínimos.
En Nicaragua el concepto de gobernabilidad estuvo ligado en primer momento a la obtención de estabilidad política y acuerdos básicos; en segundo lugar, al desempeño de las instituciones y del sistema político. Discusiones anteriores a las planteadas en los países desarrollados. Por tanto, en Nicaragua sí tiene sentido indignarse contra el Estado y con quienes lo conducen, por no cumplir sus roles mínimos.
Tampoco puedo aceptar que solo dentro de los parámetros del mercado se obtenga reconocimiento. Casi la totalidad del mundo subdesarrollado y gran parte del desarrollado estarían condenados a la insignificancia. Son parámetros estrechos para la vida social.
Muy pocas personas tendrían las competencias, habilidades y energías para sobresalir en una realidad limitada como la nuestra. Desde una perspectiva ética, no puedo aceptar que solo tengan oportunidades los audaces, los capaces de hacer dinero, los inteligentes y las personas con talentos apetecidos por el mercado.
No es proponer la mediocridad sino reconocer las deficiencias. No puedo aceptar como premisa ética-social que la propuesta para Nicaragua sea enriquecer infinitamente a los que tienen habilidades que valora el mercado y esperar que de forma automática mejoren las condiciones para todos. Nosotros sabemos que en nuestro país eso nunca sucederá. Siento en CAM una necesidad exagerada de justificar y no cuestionar al sistema.
El autor es politólogo
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