Ser padre en Nicaragua está devaluado. La verdad es que se nota mucho la diferencia entre la celebración del Día de la Madre y el Día del Padre. Para ser sinceros se siente como que el Día del Padre es una celebración de segunda.
No es de extrañarse tomando en cuenta que según las estadísticas, el 68 por ciento de los hogares nicaragüenses tienen como jefa de familia a una mujer. Es decir, que la gran mayoría de los nicaragüenses no tiene una figura paterna y si la tienen, esta no es la más positiva.
Este fenómeno de hogares sin padre no es moderno. De hecho, si uno lee el libro de Sergio Ramírez El tambor olvidado uno se da cuenta que esa fue la estructura familiar con que Nicaragua fue poblada: un montón de conquistadores valientes que venían solos a explorar territorio desconocido y encontraban compañía en indias o negras, otro montón de esclavos negros desarraigados de su tierra y separados de sus parejas que intentaban tener hijos con indias para que nacieran “libres” y más tarde, un montón de señores dueños de fincas con el poder y el “derecho” de tener su esposa en casa y tener hijos “naturales” con otras mujeres.
Es por esto que juzgar a los hombres tan duramente por ser, en su mayoría, padres ausentes es injusto. Es muy difícil dar algo que no te han dado y hacer algo sin haber tenido el ejemplo, por eso es que les es tan difícil ser padre a los hombres que no lo tuvieron. Sencillamente: ¡no saben cómo hacerlo!
Y esta es una noción que en Nicaragua no se tiene. En general el arquetipo es el de la madre abnegada y el padre ausente. “La buena” una, “el malo” el otro, como en las novelas, y nos resulta incómodo pensar que tenemos al padre que tenemos (bueno, malo, violento, borracho, trabajador, castigador, honrado, abusador, cariñoso, estricto) porque tenemos una madre a la que, de todos los hombres en el mundo, le gustó ESE y decidió tener un hijo con ESE hombre.
Defendemos la noción de que “mi madre fue madre y padre” (lo cual, si lo pensamos bien, es imposible. Los amores son irremplazables, por más convencidos que estemos de que es posible de tanto que hemos escuchado la frase), cuando nos encontramos ante un padre que se separó de nuestra madre y se fue. Nos resulta incómodo admitir que los problemas de pareja son de dos, que las relaciones son responsabilidad de ambos, y que, a veces, no es fácil la convivencia para ambos: para el padre no fue fácil vivir con la madre y viceversa.
Y nadie habla de la otra parte: de las mujeres que usan irresponsablemente a sus hijos como armas para “desquitarse” de la pareja que tiene o que tuvieron. De los hombres que hacen un esfuerzo sincero por ser padres presentes a pesar de lo incómodo de la situación con las madres de sus hijos. Para todos ellos mi respeto.
No digo que no hayan progenitores más “cuestionables” que otros, lo cual no significa que los hijos tengamos derecho a “cuestionarlos” porque al final todos somos seres humanos, nadie tiene las instrucciones para ser “buen padre” o “buena madre” y la psicología y la historia nos confirman que seguramente repetiremos los ejemplos que vimos en casa. No nos queda más que agradecerles por darnos la vida.
Y a los que nos tocó la suerte de tener una madre que nos escogió un padre amoroso y presente al que queremos y admiramos, aprovéchelo, aprécielo, agradézcalo y siéntase afortunado. ¡Felicidades papás!
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*La autora es terapeuta sexual y de parejas
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