Si es cierto que la pobreza y la extrema pobreza han disminuido en Nicaragua, se trata de una excelente noticia para todos los nicaragüenses. Nos referimos a la información que publicamos ayer en portada, acerca de que la pobreza se está reduciendo en Nicaragua, sobre todo en el campo, de acuerdo con una “encuesta de hogares para medir la pobreza” que realizó la ONG Fundación Internacional para el Desafío Económico Global (FIDEG) y fue presentada el miércoles de esta semana.
Según la nota informativa que fue redactada por la periodista de la sección económica de LA PRENSA, Gisella Canales, la encuesta de FIDEG indica que el nivel de pobreza bajó de 44.7 por ciento de toda la población en 2009, a 44.5 por ciento en 2010. En el sector urbano la reducción de la pobreza fue solo de 1.3 por ciento, pues pasó de 30.2 por ciento en 2009 a 28.9 por ciento en 2010. Pero en el área rural la pobreza disminuyó en 5 puntos, ya que se redujo del 67.8 por ciento en 2009, a 62.8 por ciento en 2010. En tanto que la pobreza extrema varió del 9.7 por ciento de la población total en 2009, al 9.0 por ciento en 2010.
Llama la atención que en esta encuesta sobre medición de la pobreza en Nicaragua —la cual se hizo con una muestra de 1,732 hogares y un margen de error de 2.4 por ciento—, “el 85 por ciento de los consultados indicó que su ingreso, ya sea por vía salarial, negocio o finca, mejoró durante el 2010”. Explica la nota informativa basada en el informe de FIDEG, que ese mejoramiento se debe a que aumentó el nivel de ocupación, “lo cual incide en el nivel de ingresos”. Y agrega que “la tasa de actividad de la población a nivel nacional pasó de 61.5 por ciento en 2009 a 63.9 por ciento en 2010”.
Pero es muy poquita esa reducción de la pobreza en Nicaragua, si se considera que el actual gobierno de Daniel Ortega es el que recibió el país en la mejor situación económica, en los últimos 32 años. Esto gracias a la economía de libre empresa y al sistema de libertades individuales y públicas, que establecieron e impulsaron los gobiernos del período democrático que comenzó el 25 de abril de 1990 y terminó en enero de 2007, cuando el expresidente Enrique Bolaños Geyer dijera que dejaba “la mesa (de la economía nacional) servida” para el nuevo gobierno.
En efecto, mucho más se habría podido avanzar en la reducción de la pobreza en general y de la extrema pobreza en particular, si, por ejemplo, Daniel Ortega no hubiera echado a perder con sus acciones políticas autoritarias y el fraude electoral, la cooperación externa estadounidense de la Cuenta Reto del Milenio y otros importantes programas de ayuda que venían impulsando varios países europeos.
A nuestro juicio, cualquiera que sea el gobierno que tenga éxito en el esfuerzo por la reducción de la pobreza merece el reconocimiento de toda la sociedad, independientemente de las afiliaciones ideológicas o las simpatías políticas de cada persona. La reducción de la pobreza es una gran cosa para todos, porque significa que más familias nicaragüenses están mejorando sus condiciones de vida y dignificando su existencia. Pero además, tiene un gran valor estratégico para la causa de la libertad y la democracia, simple y sencillamente porque la gente que no sufre la pobreza y la miseria tiende a ser libre y a optar por la forma democrática de gobierno.
De la pobreza social es que se nutren el populismo de izquierda o de derecha y el autoritarismo en cualquiera de sus formas. A los caudillos populistas les interesa y conviene que haya mucha gente pobre, porque la manipulación de la pobreza les sirve para entronizarse y perpetuarse en el poder. Cuanta más gente depende del Estado, de las políticas asistencialistas, del clientelismo político y de las dádivas gubernamentales de cualquier clase, mucho mejor es para el objetivo de los caudillos populistas, autoritarios y corruptos, que aspiran a eternizarse en el poder.
Como demuestra la experiencia internacional, la dependencia de la gente que genera e impone el populismo no solo es social sino también psicológica. Porque todo individuo que se siente beneficiado por el poder político —por muy corrupto y arbitrario que este sea—, se convierte en su ferviente partidario y asume toda denuncia de la arbitrariedad gubernamental como un ataque contra él mismo.
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