Por Ana Salgado*
Dormir con alguien en una misma cama es una de las costumbres que suenan más románticas y sexy, pero terminan siendo un verdadero dolor de cabeza. Y es que no estamos entrenados para ello. Dormir resulta ser una de las actividades más egoístas que realizamos y por tanto, una de las que más difícil nos resulta hacer cuando toca “compartirla”.
No se imaginan la cantidad de gente que duerme separada, por diferentes razones. Unos mas separados que otros, tanto emocional como físicamente.
Desde el punto de vista de la salud de las relaciones, el dormir separado es, en general, poco recomendable. Las noches suelen ser el único espacio que tienen las parejas para reconectarse. El único espacito de privacidad que les queda, en donde pueden compartir su día y tener el tan necesario contacto físico y emocional que se necesita para mantener la relación saludable. Además, es donde tenemos sexo y es más fácil que surja la oportunidad si te tengo “ahí nomás” que si te tengo que ir a buscar a otra cama o peor aún, a otro cuarto.
Este es uno de esos asuntos en donde la comodidad personal debe balancearse muy delicadamente con la salud de la relación. Se debe hacer el esfuerzo porque ambas convivan en una misma cama. Porque lo mas cómodo cuando algo nos incomoda (valga la redundancia) es decir: “Me voy”. Pero no por ser lo más cómodo es lo más recomendable.
Doblemente desaconsejable es irse al cuarto de los niños y dormir con ellos o mandarlos al cuarto a dormir con el otro padre. Si usted se va porque está incómoda debido a que su marido ronca como tractor descompuesto (yo la comprendo, créame), es desconsiderado incomodar a sus hijos. Peor aún, si se va porque está peleada con su pareja, está metiendo a sus hijos en un asunto que no les debe incumbir y escudándose en ellos, a una edad, cuando debería ser usted quien los proteja.
Especialmente si se va porque está peleada, ¡quédese! Si todavía hay amor, la cercanía eventualmente los llevará a la reconciliación. Si ya no hay, la cercanía eventualmente los llevará a buscar comodidad y la felicidad aunque sea separados. En este caso, el irse a otro cuarto solo alargará la pelea y les dará ese espacio de incómoda comodidad (caramelos en el infierno, diría mi abuela) que permite a las parejas vivir en una misma casa aún si no se hablan y no se soportan.
Si usted no quiere ser de esas parejas que “ya ni se acuerdan” de cuándo fue la última vez que tuvieron sexo, abra su mente a la posibilidad de volver a su cama compartida. Si no soporta al individuo con el que le tocaría compartirla, busque terapia para ver si puede volver a soportarlo. Pero no se niegue la oportunidad de compartir su cama y su vida con una persona a la que ame tanto que hasta sus ronquidos le hagan falta para dormir.
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