Por Delwing Cruz Medina
Eran casi las 5:00 p.m. cuando recibí la noticia. Era jueves 16 de septiembre del año pasado. Mi celular sonó y el identificador me mostraba que era mi tía.
—Aló tía —contesté con la naturalidad de siempre.
—¡Hijo, hijo, nos asaltaron! ¡Tu mama y la Anita (mi hermana) están heridas! —me dijo con la voz entrecortada y un tono que sabía a desesperación.
Me quedé mudo. No supe qué decir, y tampoco qué hacer.
—Vamos para el hospital Alemán —fue lo último que logré escuchar.
Respiré profundo e intenté controlarme. Tenía que manejar sereno para poder llegar al hospital. El camino se me hizo eterno. Sentía que el corazón se me salía, me palpitaba a mil por hora. Manejaba con la esperanza de poder verlas con vida.
Mi madre, María Victoria Medina tiene 46 años y ha jugado el rol de padre y madre para mi hermana, Ana Belén, y para mí. Desde hace más de 20 años se gana la vida en el mercado Oriental. Para ella el motor de su vida somos nosotros sus hijos.
Llegué al hospital, y justo cuando me estaba parqueando miré un taxi llegar. Había algo dentro de mí que me decía que ahí venía mi madre. Quizás ese instinto de hijo que dicen que todos tenemos. No estaba equivocado.
Basta con cerrar los ojos para que la escena vuelva de un solo golpe a mi memoria. Mi madre, la persona a quien le debo quien soy, estaba ensangrentada. El corazón se me encogió.
Abrí la puerta del taxi y ella me estiró su mano derecha.
—Hijo, me muero —fue lo único que me dijo.
Yo, me tragué las lágrimas en ese momento. Tuve una sensación que nunca en mi vida había sentido. Sentí que me sacaron el corazón del pecho y con la voz temblorosa saqué fuerzas para decirle: “No, vos no te vas a morir”.
Mi madre había recibido 6 impactos de bala. Mi hermana, de 18 años, una bala en la pierna derecha. Ambas, junto a mi tía, habían sido asaltadas en el kilómetro 16 de la carretera vieja a Tipitapa. La camioneta en la que viajaban recibió 26 impactos, según el informe que presentó la Policía Nacional.
El doctor que estaba de turno en el hospital Alemán Nicaragüense dijo que tenía que entubar a mi madre de emergencia porque podía morir ahogada en su propia sangre.
Sus gritos, que lograba escuchar desde afuera, eran desesperantes. Me sentía impotente, y no podía hacer nada más que esperar. Una vez estables, fueron trasladadas a otro hospital capitalino. No había un solo momento que no estuviera junto a ellas. Las agujas del reloj parecían haberse congelado. Día y noche parecía lo mismo.
Al segundo día no pude más. Dejé a un lado mi imagen de hombre fuerte y me desmoroné como un niño. Lloré hasta más no poder.
A mi hermana le extrajeron la bala de la pierna y mi madre tuvo que ser operada. Había que extraer las balas, la más peligrosa, una que se alojaba cerca al pulmón. Le tocó pasar dos semanas en el hospital. Es hoy y los médicos no logran entender cómo sobrevivió a esa “lluvia de balazos”. Pero ella sí tiene una respuesta: “Fue la Virgen de Cuapa quien me salvó”.
Han pasado ocho meses desde aquella tragedia y siempre me pregunto qué sería de mi vida sin ellas. Esa misma pregunta se hacía mi madre cuando se sentía entre la vida y la muerte.
“Recuerdo que cuando me llevaban al hospital solo decía: qué va a ser de Delwing ahora. Se va a quedar solo”, me cuenta entre lágrimas.
Y precisamente por eso que ahora aprovecho cada momento para demostrarles lo importante que son para mí.
No es necesario que sea 30 de mayo para expresar nuestros sentimientos hacia nuestras madres. Ellas son las dueñas y señoras de los 365 días del año.
Después de ocho meses, mi mamá y mi hermana está bien gracias a Dios. Ha sido una recuperación lenta, pero segura. Este hecho que intentamos borrar de nuestras mentes nos unió como familia.
Ahora todos tenemos una segunda oportunidad, para ellas de vida y para mí para decirles cuánto las amo.
Ver en la versión impresa las paginas: 14