El invierno del año pasado fue duro para Absalón Rivera. Llovió tanto, que las aguas del lago Cocibolca acabaron dentro de la sala y los cuartos de su casa, cuyo frente mira hacia la inmensidad. Fue peor que en el Mitch, recuerda Rivera, de oficio pescador.
Durante casi dos meses Rivera se trasladó con su mujer y sus dos hijos al otro lado de la pared de la casa, sobre un promontorio más alto, techado y sin paredes, donde él y otros pescadores guardan sus aperos y se amontonan cajas vacías.
Lo mismo pasó con otras familias que viven a la orilla del lago en otros extremos.
Rivera, que se hizo pescador en el lago Apanás, en Jinotega, y que lo ha seguido siendo durante los últimos 15 años en Puerto Díaz, Chontales, no recuerda haber padecido una llena del lago como esa. Sin embargo, por mucho que hayan subido sus aguas, a Rivera no se le cruza la idea de hacer maletas y largarse con su familia tierra adentro, hacia Juigalpa o cualquier otro poblado. Rivera es de la gente que sostiene una relación dependiente con el lago Cocibolca: de él come y bebe.
PUERTO DÍAZ, EL MUELLE QUE FUE
Y es lo mismo para los 2,000 habitantes de Puerto Díaz, la comarca situada a 28 kilómetros al suroeste de Juigalpa. Allí todos resuelven su necesidad de agua con el lago.
Puerto Díaz es un caserío pobre donde a leguas se nota que hubo mejores tiempos.
Alguna vez por su muelle desfilaron carretas de bueyes cargadas con lingotes de oro. Fue en la primera mitad del siglo XX, cuando era la ruta establecida para la salida del oro que se extraía de las minas de Siuna, Rosita, Bonanza y Santo Domingo en Chontales.
Por el lago navegaban embarcaciones de comerciantes granadinos que atravesaban medio lago para ofrecer mercancía. Hacían escala en Ometepe.
Nada parece haber quedado de aquella fiebre del oro. Ni siquiera los recuerdos, porque su población es muy joven.
Todavía vienen embarcaciones de Ometepe, que traen plátanos. Algunas son empujadas por velas y se demoran de 12 horas a dos días para llegar. La velocidad en estos casos depende mucho del viento.
La mayoría de las viviendas de la comarca miran hacia el lago y están repartidas en un collar de dos vueltas: el primero queda en la parte baja y se esconde detrás de una arboleda. El segundo se ubica en la parte más alta; en la misma hilera se divisa la iglesia y al final de la calle, las oficinas de Enacal (Empresa Nicaragüense de Acueductos y Alcantarillados).
A media falda hay una pequeña base de la Naval del Ejército de Nicaragua, que se instaló hace muy poco. Todavía es fresca la pintura del edificio celeste camuflado. Es un secreto a voces que en el lago —que es también un medio de transporte— hay varias rutas del narcotráfico, y al parecer la soledad institucional ha vuelto atractivo a Puerto Díaz.

LA METÁFORA DEL AGUA
A la sombra de unos árboles, y con la mitad del cuerpo metida en el agua, unas mujeres lavan ropa mientras sus hijos se bañan y sus hombres alistan redes para irse a pescar.
No hay romería de gente armada con baldes sacando agua del lago. No. Hace unos cuantos años el caserío logró que instalaran tubería, y desde entonces el agua sale del grifo.
Unos cuantos tienen pozos, pero la mayoría de la gente bebe del chorro que sale del grifo una hora al día, antes de mediodía.
El empleado de Enacal Sergio Ugarte dice, a manera de consuelo, que el servicio es de dos horas al día.
Es así a finales de marzo, parte alta del verano.
Ugarte explica que no puede suministrar el servicio por más tiempo porque la gente no paga lo suficiente para comprar los químicos con que se purifica el agua allá arriba. Ugarte, que por las mañanas permanece en la caseta desde donde se bombea el agua, reconoce que esta situación enfada a la gente.
“Es el colmo, nosotros que tenemos el lago enfrente solo tenemos agua por una hora al día, y la gente en Juigalpa tiene el servicio las 24 horas”, se queja Absalón Rivera.
28 KILÓMETROS DE TUBERÍA DE JUIGALPA A PUERTO DÍAZ
Desde finales del 2008 Juigalpa se convirtió en la primera ciudad del país en consumir agua potable del lago Cocibolca.
Pese al deterioro de sus aguas, alrededor de 80,000 juigalpinos dejaron de padecer sed cada verano.
En Juigalpa el proyecto fue costeado por la cooperación coreana. Ha costado más de 33 millones de dólares.
Tanto en Juigalpa como en ciudades aledañas, como Santo Tomás y Acoyapa, la gente está acostumbrada a la falta de agua.
SAN JUAN DEL SUR Y SU CONEXIÓN
Muy pronto —o es probable que a estas alturas ya esté en fase de ensayo— el proyecto de agua potable de San Juan del Sur, el municipio turístico de Rivas conocido por sus playas, calmará su sed con agua del Cocibolca.
La tubería nace frente a las costas de La Virgen. El sistema y la tecnología instalada ha costado 18 meses de trabajo y unos 13 millones de euros, según reportes de la empresa aguadora.
Tras una consulta telefónica, los ediles de Morrito, San Carlos, San Miguelito, Buenos Aires y Cárdenas aseguran que ellos tienen intenciones de consumir agua del Cocibolca.
HAY QUE PONER FRENO A LA CONTAMINACIÓN
Antes de pensar en tomar de sus aguas, otras ciudades con más pudor pretenden frenar la contaminación. Es el caso de Granada, donde de aquí al 2018 se espera contener por completo las aguas domésticas en plantas de tratamiento.
Como una obsesión que avanza lenta, por burocracia, por falta de fondos, Granada —que cuenta con unos 120,000 habitantes— ha estado trabajando en la formulación de este proyecto de tratamiento a las aguas servidas desde 1995.
También habría proyectos similares, y con resultados a más corto plazo, en Ometepe, Cárdenas y San Carlos.
Al recorrer el lago por un extremo y otro la sensación es la misma: se contamina, sí, pero entre la población y las autoridades existe una alta percepción de que el riesgo es bajo.
El lago es como el portador del VIH (virus de inmunodeficiencia humana), que se mira bien, pero que por dentro tiene un virus que lo carcome y puede acabar con él si no se trata.

EL FUTURO CERCANO
El asesor ambiental del Gobierno, Jaime Incer Barquero, ha reconocido que el lago Cocibolca será el oasis para gran parte del Pacífico nicaragüense, porque la mayoría de los ríos, lagos y lagunas se contaminaron o se secaron.
Según Incer, en menos de cuatro décadas alrededor de las tres cuartas partes de la población del país podría depender del agua del lago para no morirse de sed.
Otros expertos consideran que será en menos tiempo, y se preguntan para entonces cuál será la calidad de agua del lago.
Pese a los esfuerzos, ciudades como Juigalpa aún sostienen una relación paradójica, casi bipolar con el lago: por un lado su población bebe sus aguas y por otra gran parte de sus desperdicios domésticos siguen yéndose por el río Mayales, que es uno de los 18 ríos permanentes del Cocibolca. ¿Quién explica este contrasentido?
Isaías Montoya, director de Recursos Hídricos de Ineter (Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales), es de los que insisten en que el problema del lago no es de cantidad, porque agua hay suficiente —los niveles del lago se mantienen por encima de sus promedios históricos—, sino de calidad; su problema es la contaminación.
“Todavía entre los países centroamericanos somos de los que tenemos un poquito más de agua”, dice Montoya, y sitúa a Nicaragua en tercer lugar, detrás de Belice y Panamá.
DEJEMOS DE ECHARLE COCHINADAS AL LAGO
Una simple acción recomienda este funcionario: “Dejemos de echarle cochinadas al lago”.
Salvador Montenegro (ver nota adjunta), director del CIRA (Centro para la Investigación de los Recursos Acuáticos) es de los que sueltan cifras sobre el potencial económico que representa el lago. Y es de los que reniegan de proyectos como el hidroeléctrico Brito, y peor aún de medidas equivocadas como el cultivo de tilapias.
Ajeno a estas discusiones vive Lombardo Marenco, un hombre que en los últimos 50 años ha sido religioso subiendo las escalinatas de su restaurante en el puerto de Asese, en Granada, y que sin dejar de contemplar el paisaje de las isletas asegura que “aquí bien se podría vivir de este charco”.
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