El juego del lago Cocibolca acaba en Cárdenas, cuando termina el adoquinado. Las aguas de este gigantesco charco que abarca cerca de un siete por ciento del territorio nacional (con 8,164 kilómetros cuadrados) y en el que descargan sus aguas los lavanderos de unos 15 pueblos que lo bordean, se han dejado ver —y casi se han hecho desear— en el último tramo de esta lengua de asfalto que acaba en este municipio rivense que alguna vez quiso anexarse a Costa Rica, y que según desde donde se venga puede ser la última o la primera de las ciudades que rodean el gran lago por el costado suroeste.
Es mediodía. Mitad de verano. Aquí no se puede escapar. Tras pasar por la calle, la de la iglesia, el parque, la Alcaldía, la cancha y de los negocios —que en Semana Santa se colman de turistas pero que ahora están vacías de gente y lucen limpias de basura—, todas conducen al lago.
También desembocan en él riachuelos de aguas grises que brotan con disimulo del 70 por ciento de los patios de Cárdenas, un municipio de poco más de ocho mil habitantes, de los cuales ocho de cada 10 viven en la parte rural.
La soledad humana de las calles se puede explicar por la hora: mediodía, sol de plomo que pica, pero la limpieza que exhibe el pueblo tiene su razón de ser en una reciente medida de la Alcaldía que decidió castigar con trabajo a todo aquel que tire basura.
La medida ha tenido éxito, dice la vicealcaldesa, Arlen García
“Aquí no está tan contaminado”, dice García, convencida de estar propiciando un cambio de cultura entre la gente desde esa orilla.
Pero eso mismo dicen también los ediles y líderes locales desde otras latitudes del lago.
En municipios como Granada, San Carlos, San Jorge, Moyogalpa y Altagracia en Ometepe, Belén —aún Rivas y Juigalpa— que no están en los bordes, hay cierto convencimiento de que el Cocibolca no está tan contaminado como se cree.
Como dicen desde la capital algunos expertos y ambientalistas que a través de diferentes estudios han identificado múltiples amenazas como agroquímicos, fertilizantes, pesquería intensiva, así como la creciente urbanización.
Si se recorren las costas de cualquiera de los pueblos vecinos al Cocibolca es muy fácil dar con arroyos de desperdicios desaguando en la mar dulce.
En Granada, por ejemplo, no es un secreto que el 80 por ciento de los manantiales grises que emanan hermosas casas coloniales se revuelven en el lago.
Estudios del CIRA (Centro para la Investigación de Recursos Acuáticos de la UNAN- Managua) han arrojado una verdad incómoda para ediles y funcionarios que promueven el lago como una opción turística: el resultado de heces fecales ha dado positivo en algunos sectores de sus aguas frente a Granada y Ometepe.
Ese hallazgo no es remoto, si se piensa que en un Viernes Santo, el malecón se puede abarrotar de unos 30,000 bañistas que por lo menos orinan mientras se insolan en la playa como garrobos, o que la mayoría de las casas de las casi 300 isletas carecen de pilas sépticas y que muchas de las letrinas se rebalsan durante inviernos copiosos como el del año anterior.
Y el descargue de aguas a veces nace en algunos ríos, como El Mayales que atraviesa parte de Juigalpa, en Chontales, ha sido un abastecedor del Cocibolca, pero desde hace décadas es uno más de los basureros ilegales en los tira que su basura la población, que ignora o desprecia el aporte que hace su bolsa de desperdicios al lago.
Más abajo en San Carlos, el tapón del lago donde nace el río San Juan, la historia vuelve a repetirse. Todos los líquidos sucios de los sancarleños mueren en el lago y después en el río.
Desde el malecón de San Carlos el lago se ve inmenso, sin fin. A unos metros, en el muelle encalla el barco que viene de Morrito y San Miguelito, otros poblados que trafican pescado por plátanos de Ometepe y que también depositan sus aguas negras allí.
En el malecón sancarleño, un niño tira al agua una botella vacía de Sprite y a los segundos lo amonesta una inspectora del Marena (Ministerio de Recursos Naturales) designada para esa tarea durante Semana Santa. Ante la reprimenda el niño se repliega. El gesto parece un eufemismo después de saber que son miles de litros de basura, (o lixiviados, como diría Montenegro), los que se tiran a diario en el lago.
COMO UN OJO SIN PESTAÑAS ni CEJA
Para Salvador Montenegro, director del CIRA y uno de los expertos que más sombreros se ha puesto en la defensa del lago, dice que el Cocibolca tiene problemas de naturaleza histórica.
El experto se remonta a la época de la Colonia para explicar que la ganadería, por ejemplo, introducida por los españoles al norte del lago, en la región de Chontales, no solo acabó con el bosque, sino que en el transcurso de siglos y décadas ha arrastrado toneladas de tierra al lago, parcelas completas de agroquímicos y fertilizantes, que atentan contra la potabilidad del agua.
En el CIRA también hay pruebas de lo que explica Montenegro. Intentando graficar lo que dice el director del CIRA, se puede pensar que el lago es como un ojo que se ha quedado sin pestañas y sin ceja, con la pupila y retina totalmente expuestas al sol.
“Siglos atrás los bosques de Chontales eran densos y continuos”, dice Montenegro y como un historiador cargado de anécdotas, refiere que mucho de los palacios construidos en Lima en la época de la Colonia se hicieron con madera preciosa extraída del bosque espeso que alguna vez fue.
Cuesta creer en ello, al recorrer los 28 kilómetros que van de Juigalpa a Puerto Díaz, al costado norte del lago.
El camino mil veces reparado es pedregoso y el paisaje amarillento como una foto corroída por el tiempo.
La depredación chontaleña se ha extendido a río San Juan, pero también a Nueva Guinea y en Bluefields en la RAAS (Región Autónoma del Atlántico Sur), donde el término “chontaleñización” equivale a depredación de bosques.
Montenegro, quien evoca desde su oficina ese paisaje deforestado al que ha ido tantas veces, no se explica cómo todavía la política económica del país sigue impulsando la ganadería extensiva.
Aunque Chontales es sello de ganadería, también hay hatos en Granada y Rivas. En el primero, además hay arroceras en la zona de Malacatoya y cañaverales en el segundo.
En Ometepe cuentan los platanales y el ganado; en Solentiname las aguacateras, y en todos los poblados se siembra maíz y frijol. El alcalde de Belén, José Alejo Dávila, cuenta que se ha sido difícil involucrar a los productores en la reforestación de la cuenca Gil González, que ha sido devastada por los madereros.
Alejo Dávila sitúa la deforestación, el uso de agroquímicos y la falta de control estatal en el tráfico maderero, como los mayores problemas de esa cuenca que está intentando salvar junto a los alcaldes de Potosí y Buenos Aires.
“El que más contamina el agua es el ingenio, ellos utilizan bastante agroquímicos”, dice el edil.
PICAZÓN POR TODAS PARTES
Alejo Dávila es uno de los que pasean por el lago, pero no se baña en sus aguas.
“Cuando estaba chavalo sí me bañaba, ahora ya no”, recuerda.
En Solentiname la gente se baña sin complejos. Karen Araya, una visitante de este archipiélago que es leyenda por sus artesanos, se baña sin complejos después de una tarde soleada de encierro en una panga entre San Carlos y San Fernando, una de las islas.
“Aquí el agua es muy limpia”, repite como slogan el propietario de un hostal de San Fernando.
También en Cárdenas se baña con toda confianza la vicealcaldesa Arlen García, quien es madre de tres niñas y jura que a todas sus hijas las ha zambullido en el lago. Ella defiende su tesis que en esa zona el agua es limpia, aunque reconoce que funge como depósito de aguas residuales.
García dice que en esa Alcaldía se está buscando financiamiento para evitar que las aguas de las casas continúen yendo al lago. El tema es sensible para esta municipalidad que tiene a poblados vecinos como Sapoá bebiendo agua del Cocibolca tras un proceso de purificación.
Lo es todavía más, si se toma en cuenta que gran parte de los visitantes provienen del vecino Costa Rica, el país de la región que se ha vendido por su conciencia verde. “Tenemos un plan de desarrollo turístico que incluye un ordenamiento territorial”, explica la vicealcaldesa.
Desde cualquier esquina, el azul metálico del lago es tentador. Sobre todo si antes de llegar a sus costas el cuerpo se ha deshidratado por el calor.
Marco González es un pescador de mojarras que tampoco se baña.
“Cuando me meto me da picazón”, dice González, quien vive en un rancho, a unos cuantos metros del agua. González cuenta que tras el último invierno las aguas del lago redujeron su patio. “Yo le digo al chavalo que no se meta a bañar en el lago, porque se va a enfermar”.
¿Quién entiende esta paradoja de pescar en ese lugar, pero desconfiar a la vez de sus aguas? Montenegro, un estudioso a profundidad del lago, sostiene que a pesar de su contaminación las aguas del lago no han perdido su capacidad potable, y es, al contrario de lo que algunos piensan, la futura fuente de agua del Pacífico.
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