¿Quién es, pues, libre? El sabio, que se gobierna a sí mismo. Horacio, Sátiras (2,7,83)
Mucho se habla y se escribe sobre la libertad y probablemente yo sea una de las personas que más opino sobre mi libertad y la libertad de los otros porque, si yo no estimo mi libertad, ¿cómo podré respetar la de mis semejantes? Sin embargo, por más que “vociferemos” y “pataleemos” en defensa de nuestra libertad personal, nunca seremos verdaderamente libres si no poseemos el autodominio de nuestros actos, consecuencia de nuestras elecciones personales.
En nuestro país, como en otros lugares de la tierra, el atropello a la libertad de los demás está a la orden del día. Pero, estamos tan ciegos por el egoísmo, que no nos damos cuenta de los atropellos que cada uno de nosotros cometemos en perjuicio de los demás. En los hogares, en el lugar de trabajo, en la calle, en los centros de enseñanza allí donde hay relación de personas, encontramos abusos contra la libertad personal. Peor todavía si las personas víctimas de los abusos no protestan y se quedan calladas por miedo a ¡quién sabe cuántas cosas!
Hay una libertad física que entendemos como libertad de movimiento: poder ir y venir, entrar o salir, subir o bajar, hacer esto o aquello. Pero la raíz de la libertad está en la voluntad, y la acción voluntaria es, ante todo, una decisión interior. Esto es sumamente importante pues significa que el hombre privado de libertad física sigue siendo libre: conserva la libertad psicológica. En palabras del psiquiatra judío, Viktor Frankl, “al ser humano se le puede arrebatar todo salvo la última libertad: la elección de su propio camino”. Y planteándose lo que el ser humano realmente es, nos dice: “Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración”.
La limitación humana supone que cada elección lleva consigo una renuncia: estar leyendo este escrito significa no poder, al mismo tiempo, jugar al tenis o nadar. Del mismo modo, nadar supone no poder, a la vez, andar en bicicleta o ir al gimnasio. Es la inteligencia la que debe medir el valor de lo que escoge y de lo que rechaza. ¿Quién se atreverá a decir que escoge la vagancia o la hipocresía porque valen tanto como sus contrarios?… puestos a renunciar, solo vale la pena preferir lo superior a lo inferior. Los condicionantes son, en cierto modo, como las reglas del juego, lo que hace que la vida humana sea tal: es una gran suerte, a pesar de los deberes que originan, tener patria y ciudad, padres y hermanos, amigos, compañeros y vecinos.
¿Por qué a veces elegimos mal? En sentido estricto, es equivocado que elijamos el mal ya que este nos aparta del fin bueno —en eso consiste el mal— es una imperfección de la libertad. En otras palabras, hacemos mal uso de la libertad. ¿Por qué hay personas que eligen el alcoholismo, drogadicción, la pereza, irresponsabilidad, mal carácter, cinismo, envidia, insolidaridad? Cuando libremente se opta por algo perjudicial, esa mala elección es una prueba de que ha habido alguna deficiencia: no haber advertido el mal o no haber querido con suficiente fuerza el bien.
¿Y quién responde de nuestros actos? ¿Le echaremos la culpa al vecino, a los padres, hermanos, amigos, maestros, al jefe en el trabajo? ¿Le echaremos la culpa a Adán y Eva?… siempre estamos buscando culpables y responsables de nuestra conducta equivocada. Pero no, los únicos responsables somos cada uno de nosotros. Somos responsables de nuestros actos libres y sobre todo de los actos que conllevan un deber moral. Esto es así porque el deber moral suele recaer sobre actos con importantes consecuencias. Se puede y se debe exigir responsabilidad porque el deber moral es una autoexigencia humana racional. Si no estuviéramos obligados internamente, nadie desde fuera podría exigirnos.
“Por eso, yo recomiendo que la estatua de la Libertad en la costa este de Estados Unidos se complemente con la estatua de la Responsabilidad en la costa oeste”, palabras de Viktor Frankl en su libro: “El hombre en busca de sentido”.
La autora es doctora en Ciencias de la Educación.
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