El periodista del equipo de investigación del Diario LA PRENSA, Octavio Enríquez, recibió el miércoles de esta semana el Premio Ortega y Gasset de Periodismo, que concede el diario El País, de España, y es considerado como el principal galardón periodístico en español.
El Premio Ortega y Gasset se otorga anualmente, desde 1984, cuando fue establecido con el fin de “resaltar la defensa de las libertades, la independencia y el rigor como virtudes esenciales del periodismo, y dar reconocimiento a aquellos trabajos que a lo largo de un año hayan destacado por su calidad”.
Octavio Enríquez se hizo acreedor al Premio Ortega y Gasset por el reportaje en siete entregas titulado “La revolución del exministro del Interior”, en el cual reveló el escandaloso enriquecimiento conseguido al amparo del poder político por el antiguo comandante de la revolución sandinista, Tomás Borge. Como dijimos en este mismo espacio editorial el 13 de abril recién pasado, cuando comentamos la noticia de que el Premio Ortega y Gasset había sido otorgado al periodista de LA PRENSA Octavio Enríquez, este, con su premiado trabajo de investigación desenmascara la doble moral “de aquellos líderes revolucionarios que suben al poder en harapos y con grandes promesas de redención social, pero ya en el gobierno se convierten no solo en dictadores y déspotas iguales o peores que los que ellos derrocaron, sino también en opulentos millonarios más ricos que los oligarcas derrocados”.
Octavio Enríquez participó en la solemne ceremonia de entrega del Premio Ortega y Gasset de Periodismo —la cual se realizó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid—, junto con los demás periodistas galardonados, los miembros del jurado y personalidades como el presidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero; el líder de la oposición y eventual próximo presidente de España, Mariano Rajoy, y el escritor peruano Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Y en el emotivo discurso que pronunció, Enríquez resaltó el esfuerzo extraordinario que bajo el régimen de Daniel Ortega tienen que realizar los periodistas independientes de Nicaragua, “por buscar fuentes, por indagar lo que el poder quiere ocultar, por ser contrapoder que es una maravillosa definición del periodismo de investigación” y agradeció “el respaldo del periódico valiente en el que trabajo (es decir, LA PRENSA), que tiene un expediente envidiable de lucha por la libertad en mi país”.
Al hablar de la opulencia de los nuevos ricos y oligarcas de Nicaragua, que son los antiguos dirigentes revolucionarios sandinistas como Tomás Borge y Daniel Ortega, Octavio Enríquez mencionó que “controlan además las cortes de Justicia, la Policía y se mantienen en constantes coqueteos con el Ejército, que ha sumado millones de dólares a sus cuentas con este flirteo”. Agregó que “la oposición no existe y el país está descompuesto”, y, dirigiéndose a Mario Vargas Llosa allí presente, Octavio Enríquez preguntó: “¿En qué momento se jodió Nicaragua? También nosotros tenemos nuestro país hecho ruinas, don Mario”.
El premiado periodista nicaragüense aludía a la famosa pregunta, “¿En qué momento se jodió el Perú?”, que Vargas Llosa puso en boca de Zavalita —personaje de su novela Conversación en la Catedral— , y devino en una frase que se usa en todos los países latinoamericanos que “se han jodido” por las mismas causas que se jodió el Perú.
Pero lo peor es que Nicaragua se ha jodido muchas veces, y siempre ha sido por la corrupción y la desmedida ambición de poder de los líderes políticos, por el afán reeleccionista de los caudillos que desde la independencia nacional hasta ahora, pasando por el liberal José Santos Zelaya, por el conservador Emiliano Chamorro y los también liberales Somoza García y Somoza Debayle, siempre se han reelegido o tratado de reelegirse con la pretensión de perpetuarse en el poder y enriquecerse con el botín del Estado.
Nicaragua se jodió sobre todo en 1979, cuando el pueblo rechazó una salida moderada y democrática de la dictadura dinástica somocista, que ofrecía el Frente Amplio Opositor (FAO), y prefirió la alternativa radical y totalitaria del FSLN, que resultó un remedio peor que la enfermedad. Y después de la asombrosa instauración de la democracia en 1990, Nicaragua se volvió a joder una vez más por el pacto de Arnoldo Alemán con Daniel Ortega, que le facilitó a este la recuperación del poder absoluto. Y ahora el pueblo nicaragüense está amenazado por una nueva dictadura, que pretende arrebatarle sus libertades y derechos políticos, económicos, sociales y humanos.
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